viernes, 24 de abril de 2009

Respuesta al Sr. Garrido

Como no todos leeréis los comentarios, os pongo aquí la respuesta que he escrito a uno de ellos, que podéis leer en la entrada del 5 de abril intitulada "Algo más sobre las ideas". La dureza de las expresión no es nada comparada con el cabreo que tenía cuando la escribí. Así que todos perdonad. Gracias.

Estimado Sr. Garrido:
Respondiendo a sus preguntas, le diré sucintamente:
1. No se puede ser teólogo -teólogo cristiano- y ateo al mismo tiempo. La Teología sin fe es Filosofía. Y si esa filosofía se sustenta en premisas erróneas, no será sino un conjunto de falacias y axiomas pedantes.
2. El "título" de teólogo ¿puede tenerse sin fe? Claro, no se le va a quitar el diploma, pero sí la cualificación. Comprenda que la Teología no es una ciencia como las demás, pues sus premisas son los artículos de fe.
3. Usted dice que las vías de Santo Tomás son discutibles. Discuta si quiere. Para mí las tengo como irrefutables. Puede discutirme también si uno más uno son dos. No me convencerá de algo distinto.
4. Ningún teólogo católico con sentido común ha intentado discutir que las tres Personas de la Trinidad sean una sola, porque eso es una herejía. Estudie un poco antes de meterse en materias que no domina.
5. Por su sola razón, o como usted dice, "tirando del hilo lógico", nunca se puede llegar al conocimiento de la Santísima Trinidad. Es una verdad revelada y de fe.
6. Dios ha hablado a todos. La Biblia y la Iglesia también le hablan a usted. Otra cosa es que no quiera escuchar.
7. Pilatos era un cobarde y se lo hizo en los pantalones romanos cuando reconoció la inocencia de Jesucristo. Evidentemente, con esa firmeza y dignidad moral e intelectual no supo o no quiso reconocer que tenía la Verdad ante sus narices.
8. Acaba diciendo, como quien no quiere decir nada: "Piénselo como quiera, pero la verdad es subjetiva y respetable, lo demás es intolerancia". Bueno, pues usted que es catedrático, estudie un poco más sobre qué es la verdad. Como veo que anda flojo de latines, le recuerdo que es "adaequatio intellectus et rei". Si la verdad fuera subjetiva, ¿de qué pretende hablar conmigo? ¿De qué pretendo yo hablar con usted?
9. No me importa en absoluto que me llame intolerante por defender que la verdad es objetiva. Prefiero ser intolerante con el error antes que mínimamente tolerante con el mismo.
10. Mire, no ha topado con la Iglesia. Ha topado con la razón. Y usted no la tiene, lo siento. No me pesa nada ser intolerante con lo que usted ha escrito. Gracias por tomarse la amabilidad de haberlo hecho. Ya he tenido bastante con tolerar sus faltas de ortografía. Y me avergüenza de que usted sea Catedrático y escriba esto y así... ¿Ve? Es como ser "teólogo" y no tener fe...

sábado, 18 de abril de 2009

A mí también me pasa, pero no soy Papa…

«Mi accade spesso di svegliami di notte e cominciare a pensare a una serie di gravi problemi e decidere di parlarne al Papa. Poi mi sveglio completamente e mi ricordo che io sono il Papa». (Beato Papa Juan XXIII)

Sacerdote mártir, Beato Martín Martínez Pascual

Tomado del blog Arriba

La fotografía –de la agencia EFE- refleja el rostro de un sacerdote español, capturado por milicianos republicanos, instantes antes de ser fusilado en el mes de agosto del año 1936.
El autor de la instantánea es el fotógrafo alemán Hans Gutmann, que posteriormente se nacionalizó español y cambió su nombre por el de Juan Guzmán.
El Sacerdote de la imagen, según informa hoy el semanal Alfa y Omega, sería el beato Martín Martínez Pascual presbítero y mártir, miembro de la Sociedad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, que recibió en la misma persecución y en el mismo día -18 de agosto de 1936- la corona de la gloria, según datos de Santopedia, en la localidad de Alcañiz (Teruel) aunque el fotógrafo sitúa el lugar del fusilamiento en la localidad de Siétamo (Huesca), distante unos ciento cuarenta kilómetros de Alcañiz, diferencia que puede deberse al lugar de la sepultura o del Registro civil.
La fotografía la tenía en su despacho el Decano de la Facultad de Teología de San Dámaso, Pablo Dominguez, recientemente fallecido en accidente de montaña. Según informa Alfa y Omega, preguntado éste por la fotografía afirmó:
"La conseguí en Moscú, en un congreso. Me gustó y, al leer las frases del recuadro, me interesé mucho más. Es la fotografía -lo explicaba brillándole los ojos, se sentía emocionado y con ganas de imitarle; parecía que hablaba de sí- de un sacerdote español, el Beato Martín Martínez, operario diocesano, natural de Valdealgorfa (Teruel), diócesis de Zaragoza. Se la tomó un fotógrafo ruso -hoy sabemos que es alemán- que estaba entre los republicanos, durante la guerra civil española. Fijaos bien en su mirada firme, los brazos en jarras, seguro y valiente... Se la tomaron unos segundos antes de fusilarlo".
Sin duda que la enorme fuerza de la mirada del sacerdote a las puertas del cielo debió desconcertar a sus verdugos que esperarían de su víctima una actitud menos digna con la que tranquilizar sus conciencias adoctrinadas por los que ahora son llamados en colosal sarcasmo “luchadores por la libertad y la democracia”.
LFU

lunes, 6 de abril de 2009

Enviado al ABC, sobre la vida y el aborto

Sr. Director:
En el ABC del domingo día 5 de abril el Sr. Jon Juaristi se expresaba en la sección de opinión (pág. 10), haciendo referencia a la nueva legislación del aborto con estas palabras: «No hablaba Pasolini de derechos del embrión o del feto, sino de la sacralidad de los mismos, que no son personas (ni siquiera la Iglesia se plantea bautizar embriones), pero sí vida humana que pugna por existir, adquirir forma…». La ambigüedad de la expresión no aclara si el Sr. Juaristi hace suyo el pensamiento de Pasolini. En cualquier caso, me gustaría señalar lo siguiente:
1. La Iglesia reconoce que el embrión posee desde su concepción la misma dignidad personal que cualquier otro ser humano sin distinción de etapa espacial o temporal en su vida, y por encima de limitaciones operacionales. En otras palabras, da igual que una persona sea cigoto o adulto, esté dentro del vientre de su madre o fuera, sufra alguna mengua en su capacidad locomotora, física o psíquica, o por el contrario tenga plenitud de facultades. La dignidad personal es inalienable y sagrada. Por esta razón, defiende la vida “desde su concepción hasta su fin natural”. Con palabras del Catecismo (n. 2270): «La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida».
2. Esta dignidad es propia del embrión humano no por ser un ser vivo, sino por ser persona. En este sentido, es artificial y confusa la distinción entre “ser persona” y “ser vida humana”. Ambos conceptos son, metafísicamente hablando, la misma realidad. Al decir “ser–persona” entendemos un ente con un grado de ser superior, de por sí racional y subsistente, solamente atribuible a Dios, los ángeles y los humanos. Y en el caso de los humanos, y seguimos hablando con lenguaje metafísico, el acto de ser del alma hace posible la existencia del cuerpo y constituye la fuente de sus operaciones personales. En el mismo acto en que se constituye el cigoto humano, un alma informa, sostiene y organiza vitalmente esa misma “materia”. No existe cuerpo humano sin alma, ni alma humana sin cuerpo (incluso después de la muerte, el alma permanece vinculada a su respectivo cuerpo hasta la resurrección). Resumiendo: ¿es el cigoto ser humano? Sin duda alguna, sí. Y por ello con la misma dignidad personal que el resto de los humanos. El cigoto, embrión o feto, es persona porque es ser personal. «El embrión debe ser tratado como una persona desde la concepción» (Cf. Catecismo, n. 2274).
3. No podemos caer en la trampa reduccionista de entender como persona únicamente al feto ya plenamente formado. Cuando hablamos de “persona” en el sentido de alguien con físico reconocible, sentimientos, entendimiento activo… estamos dando a esta palabra un sentido muy distinto al que utilizamos para referirnos a la dignidad del ser humano. Desde esa errada perspectiva fenoménica, se entiende que las personas que, por ejemplo, sufren alguna limitación o discapacidad, sean para muchos “menos personas”, lo cual es tan terrorífico como alarmante, y desgraciadamente, es la idea que subyace en la defensa del aborto y la eutanasia, e incluso, llegando al absurdo y la locura, de la discriminación racial o sexual.
4. El canon 871 del Código de Derecho Canónico dispone que «En la medida de lo posible se deben bautizar los fetos abortivos, si viven». El mismo canon es aplicable a los embriones. El problema está en “la medida de lo posible”. Difícilmente podrán bautizarse los embriones congelados, o aquellos con los que se experimenta, o los abortados con la RU–486 (mifepristrona o píldora del día después). El hecho de no bautizar a los embriones expuestos a morir responde a problemas “técnicos”, no de principios.
5. La vida humana no pugna por existir. Lo que no existe no pugna. El embrión con vida humana pugna por desarrollarse plenamente, algo que precisamente es lo que impide el aborto, como lo hace, en distinta fase de su desarrollo, la muerte violenta de un niño. El embrión no tiene más vida ni existencia que la correspondiente a un ser humano. No puede considerarse vida vegetal o animal, aunque estemos hablando de un microorganismo. Análogamente hablamos de la vida humana de un enfermo en “estado vegetativo”, ser personal con una vida igualmente inviolable y sagrada.

Algo más sobre las ideas

No sé por qué hoy escribo esto, creo que porque lo he leído en un blog amigo y me ha refrescado la memoria. Cuando daba clase de Religión, vino el inspector de turno –apodado, y no por mí, “Mahoma”-, y espetó a un querido profesor de Matemáticas aquella frase de Rousseau tan manida como estúpida, que dice algo así: “No moveré un dedo por defender tus ideas, pero daré mi vida porque puedas defenderlas”.

Con esta frase quiso intimidar a mi compañero y a todos los del claustro. Yo, que tenía reciente mi Filosofía, pensé en lo estúpido que era ese inspector, pero preferí callarme antes de que me abrieran expediente por inconstitucional o algo así.

Sólo quiero decir una cosa: si una idea es falsa, estúpida, equivocada, llámenla como quiera, –y para el caso me da igual que sea intencionadamente o no falsa, estúpida, equivocada, etc…-, lo será siempre y nunca la defenderé ni moveré un dedo para defenderla.

Y si el que la defiende está convencido de ella, intentaré por todos mis medios que rectifique, entre en razones, estudie el tema, y si la verdad en cuestión es de suficiente valor, puedo decir que daría mi vida porque una persona aprenda la verdad. Es justo lo que he hecho diciendo sí a la llamada del Señor para ser sacerdote. Y si esta vocación me costara el martirio, sería un broche de oro para mi vida que jamás podré merecer, y que sólo cabe esperar de la bondad de mi Amado.

Ahora bien, lo que nunca haré será defender que alguien pueda defender un error, falsedad, equivocación, mentira, calumnia, etc. Seré comprensivo, intentaré buscar una justificación lo más benévola posible a su error, le querré y rezaré por él, lo que quieran; pero nunca moveré un dedo para que el “defender un error” sea un derecho de nadie, ni mucho menos dar mi vida para defender una libertad de expresión de error.

¿Por qué? (y ya acabo), porque el error no tiene derechos, sea objetivo o subjetivo. Y una persona equivocada o ignorante es esclava de su error o ignorancia (o malicia, si es el caso), pero no libre. Es la verdad lo que libera, y por ella sí merece la pena luchar.

Gracias a Rousseau tenemos la maldita EPC, el relativismo moral, el sincretismo y relativismo religioso, el escepticismo filosófico. Incluso, si apuramos conclusiones con silogismos en “bárbara”, el aborto, la experimentación con embriones, las uniones antinaturales, y cosas de ese tenor. ¿Quieren más? Gracias a Rousseau tenemos a ETA en las instituciones y en las ikastolas. Y tenemos el Gobierno que otros han votado y todos sufrimos. Y así seguiremos mientras Rousseau sea Palabra de Constitución.

Basta ya. Viva la Verdad. Viva Cristo Rey.

Rousseau, si no estás en el infierno, intentaré aliviar un poco tus penas de purgatorio con una Misa. No me lo puedes impedir. Al fin y al cabo, tengo libertad para pensar que tú y tus discípulos sois unos malandrines perversores de la mente humana, ¿o no?

miércoles, 11 de febrero de 2009

Eutanasia juvenil

Anoche mamá y yo estábamos sentados en la sala hablando de las muchas cosas de la vida... entre otras... estábamos hablando del tema de vivir/morir.
Le dije: 'Mamá, nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo. PREFIERO MORIR'.
¡¡¡Entonces, mi mamá se levantó con una cara de admiración... Y me desenchufó el televisor, el DVD, la TV por cable, Internet, el PC , el mp3/4, la Play-2, la PSP, la WII, el teléfono fijo, me quitó el móvil, la ipod, el Blackberry y me tiró todas las cervezas!!!
¡¡¡¡CASI ME MUERO!!!!

viernes, 25 de julio de 2008

Concilio de Trento, sesión XIV. De reforma.

CAP. VI. Decrétase pena contra los clérigos que ordenados in sacris, o que poseen beneficios, no llevan hábitos correspondientes a su orden.
«Aunque la vida religiosa no consiste en el hábito, es no obstante debido, que los clérigos vistan siempre hábitos correspondientes a las órdenes que tienen, para mostrar en la decencia del vestido exterior la pureza interior de las costumbres: y por cuanto ha llegado a tanto en estos tiempos la temeridad de algunos, y el menosprecio de la religión, que estimando en poco su propia dignidad, y el honor del estado clerical, usan aun públicamente ropas seculares, caminando a un mismo tiempo por caminos opuestos, poniendo un pie en la iglesia, y otro en el mundo; por tanto todas las personas eclesiásticas, por exentas que sean, que o tuvieren órdenes mayores, o hayan obtenido dignidades, personados, oficios, o cualesquiera beneficios eclesiásticos, si después de amonestadas por su Obispo respectivo, aunque sea por medio de edicto público, no llevaren hábito clerical, honesto y proporcionado a su orden y dignidad, conforme a la ordenanza y mandamiento del mismo Obispo; puedan y deban ser apremiadas a llevarlo, suspendiéndolas de las órdenes, oficio, beneficio, frutos, rentas y provechos de los mismos beneficios; y además de esto, si una vez corregidas volvieren a delinquir, puedan y deban apremiarlas, aun privándolas también de los tales oficios y beneficios; innovando y ampliando la constitución de Clemente V, publicada en el concilio de Viena, cuyo principio es: Quoniam».

sábado, 5 de julio de 2008

«El "Syllabus", su razón y oportunidad», por Jaime Bofill. Gracias, maestro.

«Se parte siempre de la hipótesis del materialismo, y los hombres más sensatos se entregan a menudo a la corriente sin darse cuenta de ello. Si este mundo lo es todo y el otro nada, bien está que se oriente todo hacia el primero y nada hacia el segundo. Pero si la verdad es todo lo contrario, entonces es necesario también adoptar la orientación contraria.» De Maistre

La ciudad de Dios y la ciudad del Mundo,
dos lógicas en oposición ante el fallo de Pío IX

Dos concepciones del hombre y de la vida se hallan frente a frente: la concepción sostenida por la Iglesia y la sostenida por la moderna civilización.

La Iglesia, Ciudad de Dios, con una lógica exacta»{1}, que sus enemigos reconocen y que sus hijos admiran como signo que es de la mano y de la asistencia divina, ha ido desarrollando –es decir, poniendo en luz cada vez más clara– el depósito dogmático que su Fundador le ha confiado.

Paralelamente, la Ciudad del Mundo, con una lógica no menor, y que revela asimismo la mano de su Príncipe, desarrolla por su parte los principios de la Revolución.

Entre una y otra concepción, media un abismo infranqueable{2}. Ni la astucia de la Ciudad segunda ni la caridad de la primera pueden disimularlo. Por esto, el tercer partido, que cree todavía posible echar un puente sobre sus riberas, ve fracasar irremisiblemente todos sus esfuerzos.

Tal es la situación del problema «teocrático» en el momento en que Pío IX, ante las constantes y cínicas provocaciones del enemigo en el terreno teórico y en el político, lanza con el Syllabus, su declaración de guerra{3}: la proposición que afirma que «el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo, y con la civilización moderna», es condenada, junto con otras setenta y nueve proposiciones, extraídas, lo mismo que ésta, de diversas «alocuciones consistoriales, encíclicas y otras cartas apostólicas».

Tradición viva o lenguaje muerto. El reto del «Pontificado agonizante» al mundo moderno

Con la Bula Unam sanctam, de Bonifacio VIII, y la Bula Unigenitus, de Clemente XI, la Encíclica Quanta Cura, de Pío IX, acompañada del Syllabus, es uno de los tres actos pontificios que han agitado más profundamente a la opinión pública en el curso de los siglos.

En la Bula Unam sanctam, los legistas se han complacido en mostrar la intromisión del Pontificado en la autoridad legítima de los Reyes; en la Bula Unigenitus, los Jansenistas han pretendido ver una separación respecto de la Iglesia primitiva; en la Encíclica Quanta Cura y en el Syllabus, los liberales del siglo XIX han denunciado el anatema lanzado a la civilización moderna y a la libertad de los pueblos{4}.

Y, sin embargo, la doctrina publicada por el Pontífice el 8 de diciembre de 1864, a los diez años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, no era una doctrina nueva, sino que continuaba la tradición de sus predecesores y de sus anteriores documentos. Pero las mismas circunstancias que dieron ocasión a su publicación habían excitado los espíritus; por otra parte, el tono de este documento es más cálido que el de los anteriores; y, finalmente, la precisión del Syllabus, que recoge ordenadamente sus ochenta proposiciones, dio a este documento una importancia excepcional.

El campo enemigo recogió el desafío, y publicó a los cuatro vientos su confianza en la victoria; el Syllabus es «el reto supremo lanzado al mundo moderno por el Pontificado agonizante»; el Pontífice «no comprendía que hablaba a una sociedad viva en un lenguaje muerto; y creyó en la posibilidad de retornar, si no por medio de la reflexión, por una especie de milagro a los ideales y creencias de un pasado que había muerto, y desaparecido de la memoria de los hombres».

Los católicos se sometieron todos a las enseñanzas pontificias; aunque los que habían creído posible contemporizar con los principios liberales (Congreso de Malinas: Montalembert intenta «bautizar» la fórmula de Cavour: «La Iglesia libre en el Estado libre») han de superar una verdadera crisis interior. «Nunca olvidaré escribía, veinte años más tarde, Monseñor de Hulst– la sorpresa, la emoción, la inquietud que me produjo la lectura de este documento doctrinal. Vi claramente que debía modificar algo en mi concepción de la Sociedad... El recuerdo de esta evolución interior no se borrará nunca de mi espíritu. Empezada en la tristeza y en la turbación terminó en la alegría y en la paz...»

La raíz común de las proposiciones del «Syllabus»:

a) ¿Maniqueísmo o Panteísmo?

¿Cuál es el contenido del Syllabus?

A primera vista aparece como un agregado de proposiciones diferentes, agrupadas en diversos capítulos, según su mayor o menor afinidad, pero sin más unidad interior que la de oponerse de modo más o menos visible a la doctrina de la Iglesia. Su profunda unidad radical cuesta bastante de descubrir.

Y es que, para ello, precisa remontarse bastante arriba, en el terreno de los principios. No es suficiente destacar un grupo u otro de proposiciones y darles el lugar [82] central, porque todas tienen la misma importancia y son igualmente representativas.

¿Dónde está, pues, la raíz común, el principio primero, en el que todas ellas coinciden?

El orgulloso sectarismo de la Historia publicada por la Universidad de Cambridge no es un obstáculo, antes al contrario, para exponerlo magistralmente:

«Mientras Antonelli maduraba sus proyectos, encaminados a sacar a salvo el poder temporal, el Papa preparaba una serie de definiciones dogmáticas, que comenzaron en 1854 con la definición de la Concepción Inmaculada de la Virgen y, pasando por la Encíclica Quanta Cura y el Syllabus, que vino a ser su complemento (1864), terminó, por entonces, al menos, con la promulgación de la Infalibilidad pontificia en 1870. Para apreciar la actitud de la Iglesia con respecto a las conclusiones históricas, teológicas y políticas que implican las definiciones mencionadas, es necesario tener presente ciertas afirmaciones fundamentales del catolicismo. La filosofía católica está claramente definida, y ha sido llevada a sus últimas consecuencias por la lógica de pensadores especulativos, que en agudeza y penetración no ceden a los de ninguna escuela. Esa filosofía parte de un dualismo sutil tomado de la filosofía griega de los últimos tiempos y, especialmente, del neoplatonismo; establecióse una severa y rígida distinción entre Dios y el universo creado, entre el espíritu y la materia, entre la Iglesia y el mundo. En ese concepto, faltan las nociones de inmanencia y de evolución: las dos fuerzas luchan, una frente a otra, y son distintas y opuestas. El razonamiento fundado en tales premisas se desenvuelve con todo rigor. Una de las mencionadas fuerzas desempeña el papel de directora y gobernante, la otra la de gobernada y dirigida; y en medio de una incuestionable supremacía, no puede haber paz ni tregua entre las dos. De aquí nace, de una parte, la idea ascética y, por otra, la teocrática. No solamente la sanción divina protege las enseñanzas de la Iglesia, sino también las personas de sus ministros, sus privilegios y sus posesiones. Todo atentado contra esta sanción constituye sacrilegio; invadir el territorio pontificio o eclesiástico son cosas equivalentes a resistir a Dios.), (Op. Cit. XX, página 550.)

¿Será fatigoso al lector analizar brevemente este fragmento? La tesis de la «Historia del Mundo en la Edad Moderna», de la Universidad de Cambridge, es la siguiente: la posición de Pío IX, si bien falla en el terreno histórico, es lógicamente irresistible. Sus adversarios dentro del catolicismo no tienen medio de sustraerse a sus conclusiones.

Las últimas líneas del fragmento que reproducimos, así como los pasajes en que enumera las proposiciones principales del Syllabus, intentan explicar malévolamente las intenciones del Pontífice, como un recurso desesperado para salvar sus propios privilegios y los del Clero. Su exposición general es clara, precisa; insinuante cuando es necesario, siempre sin careta.

Fijémonos, sin embargo, únicamente en las líneas que hemos subrayado. En la concepción católica del mundo y de Dios, del espíritu y de la materia, del Estado y de la Iglesia, faltan las nociones de inmanencia y de evolución. Se reprocha a la Iglesia Católica, por lo mismo, el no haber cedido a la corriente panteísta que arrastraba al mundo protestante, y que el movimiento modernista (que Pío X deberá cortar en 1907) intentó incorporar al catolicismo.

Se reprocha a la Iglesia el no ser panteísta: y, en una argumentación tan aguda como sofística, se insinúa que cae, por esta razón, en un maniqueísmo: Las dos fuerzas luchan, la una frente a la otra, y son distintas y opuestas; no puede haber paz ni tregua entre las dos. De aquí nace, por una parte, la idea ascética y, por otra, la teocrática...»

No puede haber falsificación más descarada del pensamiento católico, no puede haberla, seguramente, más hábil.

b) El principio teocrático, el ascético y el ultramontano. Roma, modelo de continuidad

La concepción católica del equilibrio y de la vida del universo son presentadas, en el texto que venimos analizando, como resultado no de la armonización, sino de la contraposición de fuerzas opuestas; la dirección y gobierno que debe ejercer Dios sobre el universo creado, el espíritu sobre la materia, la Iglesia sobre el mundo serán un «imperio despótico», necesariamente violentador de la manera de ser del principio opuesto.

Dios, imponiendo su ley al universo, a pesar del universo: esto es el principio teocrático; el alma imponiendo su ley al cuerpo, a pesar del cuerpo: esto es el ascetismo; la Iglesia imponiendo su ley al mundo, a pesar del mundo: esto es el ultramontanismo que ha adoptado Pío IX. No son de extrañar, entonces, frases como ésta: El absolutismo en la Iglesia, que es la esencia del ultramontanismo, no puede armonizarse con la libertad del Estado.

Y esta posición no es una novedad traída por Pío IX, es la esencia del catolicismo. El pontificado, en efecto, ha desarrollado su pensamiento con una continuidad absoluta: «Roma, al menos, nunca había sancionado las reclamaciones especiales a que no pocos de sus defensores habían dado su consentimiento. En todas partes había seguido una conducta notable por su consecuencia, poniendo en práctica sus principios dondequiera y en la medida que fue necesario hacerlo, y tolerando, a lo sumo la violación de los mismos, no sin hacer las correspondientes protestas y sin esperar ni trabajar a la vez para que llegaran tiempos más favorables.»

El catolicismo liberal y la conciliación imposible

Una nueva conclusión extraordinariamente interesante se presenta al espíritu leyendo la Historia de la Universidad de Cambridge, y que podría resumirse así:

El catolicismo liberal, el catolicismo conciliador que en el Concilio Vaticano será «anti-oportunista», no es tenido en cuenta por nuestros enemigos en el momento en que tratan de definir el verdadero sentir del catolicismo. Es lo que preveía Luis Veuillot: «La Revolución es más justa con ellos que ellos mismos. Los adivina católicos, y les hace el honor de no creerlos cuando intentan convencerla...» Y es que había llegado el momento de las posiciones absolutas:

«En circunstancias ordinarias, la moderación y el buen sentido apelan al expediente de un modus vivendi. Los hombres no siempre son consecuentes y se abstienen de sacar conclusiones demasiado atrevidas de las premisas a que asienten o creen asentir. Pero subsisten las divergencias esenciales; y cuando en determinados casos se ponen de manifiesto, muchos que no quisieran arrostrarlas ni estaban preparados para hacerlo, se ven forzados a optar por una alternativa. Habíase llegado al punto de bifurcación de dos caminos; era preciso retroceder o seguir adelante; y Pío IX impuso deliberadamente al mundo católico la alternativa mencionada.»

Tal es el punto de vista de los historiadores liberales de la Universidad de Cambridge. [83]

La última de las proposiciones condenadas. La civilización condenada y la civilización moderna

El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo, y con la civilización moderna (Syllabus, proposición 80).

Tal es la última proposición del Syllabus, la que, en cierto sentido, la resume y compendia. ¿Cuál es el significado verdadero de esta proposición?

El siglo XIX fue el siglo del progreso técnico por excelencia. «Hasta entonces, productores y comerciantes habían tenido que contar con las fuerzas más simples de la naturaleza, tanto en el transporte de las mercancías como en su consecución y elaboración. La madurez lograda por las ciencias matemáticas y físico-naturales, hizo posible la realización práctica de los principios y leyes obtenidos en los laboratorios después de dos siglos de experiencias. El hombre sujetó a su servicio nuevas fuentes de energía, cuyo rendimiento era infinitamente superior a la mano de obra humana; los procedimientos mecánicos industriales fueron perfeccionados y difundidos de tal modo, que la máquina sustituyó de hecho al obrero en todo el proceso de la producción; el desarrollo de la química permitió el acrecentamiento de los productos naturales y aun su obtención artificial. En todas partes, la fabricación, transporte y venta de productos aumentó en número, velocidad y uniformidad. Lo artificial venció a lo natural, la cantidad a la habilidad, lo positivo a lo personal. Tales fueron los resultados de la transformación maquinista en la vida económica.»{5}

La aparición de la técnica moderna había despertado grandes esperanzas (Saint Simon, Comte); también despertó grandes odios. El hombre se sintió aprisionado por la máquina. Se intentó, incluso, destruir la máquina. Esta concepción llegó a popularizarse en el cine mismo{6}.

Fácil es prever que el pensamiento del Papa no estará situado en esta corriente. No; Pío IX no condenará, retrógradamente, el progreso técnico; como no condenará la elevación de las clases populares a la libertad política, ni la ascensión del pueblo todo a formas más elevadas de cultura. ¿Cuál es, pues, esta «civilización moderna» a la que el Papa se opone?

Será lo mejor (y con esto concluiré el presente artículo) dejar al Pontífice mismo la explicación auténtica de sus propias palabras:

«Al paso que esta civilización moderna favorece todos los cultos no-católicos; al paso que abre la entrada de los cargos públicos a los mismos infieles, y cierra las escuelas católicas a sus hijos, se ensaña contra las comunidades religiosas, contra un gran número de personas eclesiásticas de todas las categorías y aun contra distinguidos legos que, denodadamente, han defendido la causa de la Religión y de la justicia. Al paso, finalmente, que deja entera libertad a todos los discursos y escritos que atacan a la Iglesia.... al paso que excita, nutre y fomenta la licencia...» «Emplea todos sus esfuerzos en disminuir la autoridad saludable de la Iglesia.» «¿Y podría el Romano Pontífice tender una mano amiga a este género de civilización y celebrar con ella una cordial alianza? Llámese a las cosas por sus nombres, que esta Santa Sede será consecuente en sus posiciones. Ella, en efecto, fue constantemente la protectora y sostenedora de la verdadera civilización: los monumentos de la Historia, elocuentemente atestiguan y comprueban que, en todos los siglos, la Santa Sede ha sido quien ha hecho penetrar en los países más lejanos y más bárbaros del universo la verdadera y justa suavidad de costumbres, la instrucción, la ciencia. Pero si con el nombre de «civilización» quiere entenderse un sistema inventado precisamente para debilitar, y quizá también para acabar con la Iglesia de Cristo, jamás podrán conformarse con semejante civilización la Santa Sede y el Romano Pontífice.»{7}

La Civilización Verdadera y la Civilización Moderna. La primera, la civilización católica, intenta fundarse en la ley de la Iglesia. La segunda, la civilización liberal, intenta librarse de ella. La primera, encuentra en dicha Ley un impulso. La segunda encuentra en dicha Ley una traba. Dos concepciones del hombre y de la vida se encuentran frente a frente.

En el número próximo de Cristiandad expondremos, Dios mediante, cómo la Iglesia concibe su ley.

Jaime Bofill
Catedrático de Filosofía

Notas

{1} Historia del Mundo en la Edad Moderna.–Cambridge.

{2} «...y el Pontífice vio con entera claridad y fundamento que esa Sociedad moderna» e inspiraba en una idea de civilización distinta de la de la Iglesia. No había manera de tender un puente en el abismo que separaba a estos dos criterios». (Id. Id.. vol. XX, pág. 556).

{3} «La Encíclica 'Quanta Cura' fue una declaración de guerra contra las ideas, libertades e instituciones modernas. El «Syllabus», que le servía de complemento, especificó sus principales afirmaciones. Sus censuras no eran nuevas, sino que estaban tomadas de anteriores encíclicas, alocuciones y letras apostólicas. Lo nuevo estaba en el énfasis, en la repetición y en el tono más autoritario. Varios teólogos de nota no vacilaron en calificarlo de infalible». (Id. Id.).

{4} Mourret. H. G. de l'Eglise. (T. VII, pág. 492).

{5} Jaime Vicens Vives, Historia General Moderna, pág. 512. (Barcelona, Montaner y Simón, 1942).

{6} (Recordar: Charlot, Tiempos modernos.)

{7} Alocución Jamdudum, 18 Marzo 1861.

Publicado en la Revista Cristiandad, 15 de Mayo de 1944

Martirio del niño cristero José Luis Sánchez del Río. ¡Señor, que también me toque a mí!

Liberación de Ingrid Betancourt. Gracias, Señor, porque aún quedan mujeres "fuertes".

En tanto que no sea "cristalina" la vida moral de la Sra. Betancourt, prefiero retirar su testimonio de mi blog.