domingo, 18 de noviembre de 2012

En torno a los carismas y la santidad

El domingo día 7 de octubre, festividad de Ntra. Sra. del Rosario, nuestro Santo Padre el Papa proclamó Doctores de la Iglesia al español San Juan de Ávila y a la alemana Santa Hildegarda de Bingen. El día 20 del mismo mes, don Velasio de Paolis, prefecto de la Congregación para los Religiosos, declaró que los Legionarios de Cristo iban a ser refundados y su carisma redefinido, y por tanto, modificado con respecto al original inspirado al nunca poco olvidado Macial Maciel. Estos acontecimientos me han hecho pensar no poco en varios temas de los que quisiera tratar brevemente en esta entrada.

El concepto de carisma.

Brevemente, puesto que cualquier buen tratado o diccionario católico puede dar cumplida cuenta de su definición, la palabra “carisma” tiene dos acepciones principales, la segunda de las cuales guarda relación de efecto-causa con la primera, a saber:

1. Don concedido por Dios a un miembro de la Iglesia para bien del Cuerpo místico.

2. A veces, este don concedido a un católico particular se extiende, por así decir, a una comunidad de católicos para edificación de toda la Iglesia. Este don es concretado en un escrito que le da forma “canónica” y es refrendado por la Jerarquía. De este modo son establecidos los Institutos religiosos y sociedades huiusmodi. Al católico que recibió el don se le suele llamar “fundador” o “iniciador”. Y se suele decir que tal carisma “pervive” en los miembros del Instituto.

Lo dicho así, tan brevemente, tiene una extensión práctica inmensa, y hemos de hablar siempre en modo analógico, pues el término carisma es polivalente. No obstante, cabe destacar varios rasgos comunes al concepto de carisma en cualquiera de sus acepciones:

1. El carisma no santifica por sí mismo, sino por su ejercicio en el alma en gracia. Así, el Concilio Vaticano II enseña que los sacerdotes se santifican en el ejercicio de su ministerio, y que “para el ejercicio de este ministerio, lo mismo que para las otras funciones del presbítero, se confiere la potestad espiritual, que, ciertamente, se da para la edificación” (Presbyterorum Ordinis, 6). Dicho de otra manera, el sacerdote se santifica no por ser sacerdote, sino por serlo santamente. Más aún, el ser sacerdote pudiera ser, lo que Dios no quiera, causa de condenación para quienes habiendo recibido tal dignidad y potestad ejercieran indignamente su ministerio. Y, perdón por poner el ejemplo, el señor Maciel, que en gloria esté, no creo sea santo por su vida (no hablo ni puedo hablar de si está en el Cielo por haberse arrepentido, o haber obtenido la misericordia divina gracias a llevar el Santo Escapulario del Carmen, o haber hecho los Nueve Primeros Viernes…) pese a haber recibido un carisma tan importante en la Iglesia, y pese a que este carisma vaya a ser “redefinido”, lo que no sé si conlleva que se dé por “nulo” o “defectuoso” el que, en principio, inspiró el Espíritu Santo… No hablo más porque temo blasfemar y antes prefiero morir…

2. Lo mismo digamos de los carismas llamados “extraordinarios”: taumaturgia, glosolalia, sanación, criptognosis, hierognosis, y muchísimos otros, incluida la estigmatización. Ninguno de ellos santifican por sí mismos, sino por ejercerlos (o vivirlos) en la caridad viva. Y subrayamos “viva”, porque de nada sirven, evidentemente, en orden a su santificación, los carismas que posea un católico cuya alma esté en pecado mortal. Quisiéramos entrar aquí en la delicada y para mí enervante distinción de las virtudes humanas y cristianas, de las primeras como base de las segundas, de la elegancia en el sufrimiento y similares expresiones que hay que aquilatar bien para no caer en el filo-pelagianismo o, por decirlo rápido y superficialmente, en ser un caballero, ¡oh, digno de toda adulación!, mas en pecado mortal, ¡oh, digno de toda lástima!…. Lo dejo para otro post porque quiero pensarlo bien antes de escribirlo y ahora mismo me enciendo de sólo pensar en algunas situaciones vividas… En fin, vivan Santo Tomás de Aquino y Santa Teresita…

3. Digamos, para finalizar, que hay carismas efímeros o puntuales, y otros permanentes o al menos concedidos durante un tiempo considerable.

Con estas premisas, permítasenme unos cuantos ejemplos que clarifiquen las cosas. Como servidor suele decir, “yo me explico mal, pero tú me entiendes bien”, o sea, que aunque mis palabras sean torpes, ustedes tendrán claro entendimiento de lo que intento explicar.

1. Santa Hildegarda no es ni santa ni doctora de la Iglesia por saber mucha medicina “natural” o haber escrito un libro sobre las propiedades de los minerales, sino por amar fervientemente a Cristo y utilizar sus conocimientos para bien de cuerpos y almas, creados por el Mismo que creó las piedras.

2. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, en el mundo Edith Stein, es santa no por haber sido discípula de Husserl y saber mucha filosofía (dejemos ahora si errada o verdadera), ni por ser “¿feminista?”, sino por haberse entregado completamente a Cristo en el Carmelo Descalzo, haber ofrecido su vida por la conversión del pueblo judío y por fin haber muerto mártir a manos de los nazis.

3. San Juan Bosco no es santo por saber historietas y trucos de magia, ni por llevarse de calle a los jóvenes, ni siquiera por tener sueños proféticos y el don de leer las conciencias. Sino porque de todo ello, incluidos los dones carismáticos, se sirvió para llevar a la juventud a la Eucaristía y a María Auxiliadora, y hacer amar y defender al del Papa.

4. El Santo P. Pío no es santo por haber tenido estigmas, bilocaciones, y otros muchísimos carismas, sino por darse del todo al Corazón de Jesús y a la Virgen, por ser un perfecto capuchino hijo de San Francisco, y poner todos sus dones y caridad al servicio de las almas.

5. De paso, San Francisco de Asís no es santo por haber sido rico y luego pobre, ni por los estigmas que sufrió en su cuerpo y alma, ni en absoluto por ser “¿ecologista?”, sino porque dejó que Cristo fuera su única riqueza, porque humildemente escondía los estigmas para que nadie se fijara en Él sino en la Santa Humanidad del Señor, hecho Niñito en Belén, que los llevó (y lleva) primero; porque quería que todos oyeran cómo la naturaleza grita el poder y el amor del Creador.

6. San Rafael Arnaiz es santo no por ser un guapo arquitecto y pintor de clase acomodada, sino por haber renunciado a todo para seguir a Cristo en la Trapa, por haber sufrido la humillación y la enfermedad con Jesús crucificado, y poner todo su arte literario y pictórico al servicio del Señor y la Señora.

7. El Venerable Hermann Cohen es “santo” no por haber sido un músico famoso, amigo de Franz Liszt, sino por hacer que toda su música sirviera para alabar a Jesús Sacramentado, por quien fundó la Adoración Nocturna, y a la Virgen María, a quien se consagró en el Carmelo Descalzo francés.

8. San Juan de la Cruz no fue santo por ser poeta, sino por serlo para Cristo y la Virgen, a quienes amó hasta la muerte en la descalcez carmelitana.

9. San Josemaría Escrivá de Balaguer no fue santo por fundar la Universidad de Navarra, ser doctor en Derecho, haber ido a no sé cuántos países, ser amigo de no sé cuántas importantes personas… Sino porque enseño que la Universidad, los títulos nobiliarios o académicos, los viajes, las amistades y los dineros, todo, absolutamente todo, es para amar y hacer amar a Jesús en la vida ordinaria, y si no, no sirve para nada, para absolutamente nada.

10. El Venerable Antonio Gaudí es “santo” no por ser un arquitecto y escultor genial, sino porque toda su genialidad la sabía proveniente de Dios y a su servicio la ponía, como hacía con toda su vida.

11. El Beato Juan Pablo II es “santo” no por haber hecho tropecientos viajes, haber reunido a no sé cuantos millones de jóvenes, saber muchos idiomas, haber escrito teatro y poesía… ni siquiera por haber tenido un atentado. Sino por que todos los viajes, los idiomas, las JMJs y todo lo demás eran sólo instrumentos para cumplir su misión petrina en favor de la Iglesia de Cristo, misión que casi le cuesta la vida, esa vida cuya “devolución” atribuyó a la Virgen (de Fátima) a quien tanto amó e hizo amar incansablemente porque se sabía todo Suyo (Totus Tuus).

12. El Papa Benedicto XVI no será santo por haber escrito muchos libros, ser un “intelectual”, saber idiomas… ni por ser Papa, sino por servir a Cristo y a al Iglesia como “humilde siervo de los siervos de Dios”, y en orden a Cristo poner todo su saber y hacer.

13. Para terminar con los ejemplos, San Juan de Ávila no es santo ni doctor por ser un hombre “adelantado al Concilio Vaticano II”, recorrer Andalucía o haber rechazado la mitra, sino por amar apasionadamente al Señor, a la Señora, a la Iglesia, y haber colmado cada palabra de sus labios y sus escritos del celo ardiente que le abrasaba.

Queriendo hablar de lo difícil que me resulta entender el concepto de “refundar” un carisma religioso, siendo que, al menos en general, los carismas vienen directamente del Espíritu Santo, no puedo sino pensar que es el mismo Espíritu Santo quien infunde ese carisma por medio de su Iglesia Jerárquica, de modo semejante, si bien analógica y distintamente hablando, a como “infunde” el orden del diaconado, presbiterado o episcopado… Pero creo que esto da para otra entrada de blog…

Termino. Alguien es santo por ser santo, no por ser otras cosas. Y las otras cosas las da el Señor para ser santo. Porque “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” (Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, 23: Principio y fundamento). Y conviene aquí recordar que los carismas también son creados. Uno es doctor no por escribir muchas cosas, sino por enseñar, aunque sea con pocos o ningún escrito, algún aspecto que ilumine, descubra, facilite un camino o una verdad que sirva a la Iglesia para crecer en santidad. Así Santa Teresita enseño la Ciencia del Amor Divino, la infancia espiritual, con ningún escrito intelectual, sino en sencillas y, por así decir, ingenuas páginas llenas de la inefable sabiduría del Espíritu Santo. Él, Maestro, Fortaleza, Amor increado, nos guíe al cielo de la mano de los doctores y santos de nuestra Santa Madre y Maestra, la Iglesia Católica.

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