martes, 9 de noviembre de 2010

Condena de proposiciones contrarias al intelectualismo escolástico. Un documento magisterial olvidado.

Olvidado, sí, incluso por el Peter Hünermann, último compilador del Denzinger, que al paso de las ediciones ha ido, como muchos hemos podido comprobar, omitiendo o sesgando lo que a juicio del autor “dejaba de ser” magisterio o de tener “actualidad”. Difícilmente podrá sostenerse la validez de estas omisiones –ya gravísimas en la edición preparada por Schönmetzer–, dado que precisamente el fin del citado libro no es el de ofrecer el magisterio que en la actualidad enseña la Iglesia, sino ser una compilación lo más completa posible de la enseñanza y expresión de la fe que la Iglesia ha impartido a lo largo de los siglos desde sus inicios, sea de modo ordinario, sea de modo extraordinario.

Hecha esta introducción, por otra parte innecesaria a muchos de los lectores de este blog, centrémonos en el documento que nos ocupa.

El 27 de enero de 1925 se celebró en la “Semaine religieuse de Quimper”. Allí, bajo el título de «Proposiciones condenadas» se expuso el comunicado siguiente:

«Sobre una solicitud que le había sido enviada por un escritor de otra diócesis, el Sr. Obispo presentó al examen del Santo Oficio ciertas proposiciones concernientes a la filosofía, la apologética y la teología, sin señalar sin embargo a la censura las obras donde pudieran contenerse, buscando centrarse en las doctrinas más que en las personas. Su Excelencia (Mons. Duparc) ha recibido de Roma la siguiente respuesta».

El Cardenal Rafael Merry del Val envió al Mons. Duparc, obispo de Quimper (diócesis situada al extremo occidental de Francia) el escrito que trataremos de traducir al español castellano de la manera más fiel posible (Original publicado por Documentation Catholique, 1925, I, co. 991ss.).

«Roma, 1º de diciembre de 1924

Ilustrísimo y Reverendísimo Señor,

En la asamblea plenaria de la Suprema Congregación del Santo Oficio, celebrada el miércoles día 19 del mes pasado, se propusieron y fueron minuciosamente examinadas las proposiciones siguientes, denunciadas por Su Excelencia:

I. Los conceptos o ideas abstractas no pueden en modo alguno constituir por sí mismas una imagen recta y fiel de la realidad, sino solamente parcial.

II. Tampoco los razonamientos construidos con ellas pueden por sí mismos conducirnos al verdadero conocimiento de la misma realidad.

III. Ninguna proposición abstracta puede ser considerada como inmutablemente verdadera.

IV. En la búsqueda de la verdad, el acto del entendimiento, considerado en sí mismo, está desprovisto de cualquier virtud aprehensiva especial, y no es instrumento propio y único de su búsqueda, sino que tiene validez solamente en el conjunto de toda la actividad humana, de la que es una parte y momento, y a la cual solamente compete buscar la verdad y poseerla.

V. Por lo cual la verdad no se encuentra en ningún acto particular del entendimiento, en el cual habría «conformidad con el objeto», como dicen los escolásticos, sino que la verdad está siempre in fieri (en devenir, formándose), y consiste en la adecuación progresiva entre el entendimiento y la vida, es decir, en cierto movimiento perpetuo por el que el entendimiento intenta desarrollar y explicar lo que nace de la experiencia o exige la acción, de modo, por tanto, que en todo su perfeccionamiento no puede nunca darse nada determinado y definitivo.

VI. Los argumentos lógicos, tanto de la existencia de Dios, como de la credibilidad de la religión cristiana, carecen por sí mismos de todo valor “objetivo”: es decir, por sí mismos nada demuestran en el orden real.

VII. No podemos llegar a ninguna verdad propiamente dicha sin admitir la existencia de Dios y la Revelación.

VIII. El valor que pueden tener argumentos semejantes no proviene de su evidencia o fuerza dialéctica, sino de las exigencias «subjetivas» de la vida o de la acción, que para desarrollarse recta y coherentemente, necesitan de estas verdades.

IX. Aquella apologética que procede «ab extrinseco», es decir, la que asciende mediante el raciocinio desde el conocimiento natural de los hechos históricos relatados en las Sagradas Escrituras, principalmente en el Evangelio, para establecer el carácter sobrenatural y divino de esos mismos hechos, de tal modo que concluya que Dios es el autor de la Revelación a la que apoyan, es endeble y pueril, y no responde a las legítimas exigencias actuales de la mente humana.

X. El milagro considerado exclusivamente en sí mismo, a saber, en cuanto es un hecho sensible que sólo puede atribuirse al poder divino, dejando aparte tanto su significación simbólica como las exigencias subjetivas del hombre, no aporta un argumento sólido de la Revelación.

XI. La praxis religiosa legítima no es fruto de la certeza que el hombre tiene de la verdad, sino por el contrario, el único modo de obtener certeza de esta verdad.

XII. Incluso después de tener fe, el hombre no debe permanecer estancado en los dogmas de la religión, y adherirse a ellos fija e inconmoviblemente, sino más bien perseverar en alcanzar una verdad ulterior, desarrollando nuevos sentidos e incluso corrigiendo lo que cree.

Los Eminentísimos y Reverendísimos Señores Cardenales que juntamente conmigo son Inquisidores Generales, tras pedir consejo a los Señores Consultores, en su respuesta decretaron:

Que las proposiciones presentadas, tal cual son enunciadas, ya fueron en su conjunto proscritas y condenadas por el Concilio Vaticano y la Santa Sede, o bien conducen a las mismas proposiciones ya proscritas y condenadas.

Comunicando esto a Su Excelencia en cumplimiento de mi cargo, suplico al Señor todo lo mejor y más feliz.

R. Card. Merry del Val».

Hasta aquí el documento magisterial. Recordamos bien cómo San Pío X, tomando pie de los cánones enunciados en el Concilio Vaticano I, formula la fórmula del juramento antimodernista, obligatorio para cuantos en la Iglesia tenían la misión de enseñar, sea en cátedras, sea en púlpitos. Así, el Concilio (Dz. 1806) disponía que «Si alguno dijere que Dios vivo y verdadero, creador y señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema». Más tarde, el juramento antimodernista (Dz. 2145) mandaba profesar «que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser ciertamente conocido y, por tanto, también demostrado, como la causa por sus efectos, por la luz natural de la razón mediante las cosas que han sido hechas [cf. Rom. 1, 20], es decir, por las obras visibles de la creación».

A nadie se le escapa la precisión añadida por el santo Papa: “y, por tanto, también demostrado”. Es esta una piedra de toque fundamental para reconocer si un filósofo o teólogo han sido envenenados por el modernismo o no. No faltan quienes tildan de ingenuo y mal aconsejado a San Pío X, diciendo que manda profesar algo que sería, dicen ellos, en sí mismo imposible: la demostración de la existencia de Dios. Huelga decir que estos mismos consideran igualmente superado cualquier razonamiento basado en las cinco vías de Santo Tomás, despreciándolas como hijas de una concepción infantil de la física y metafísica que hoy se suponen descartadas ante los nuevos avances de la física molecular y atómica.

Muy al contrario, San Pío X sabía muy bien qué enseñaba y mandaba enseñar. El famoso atque demonstrari ya había sido objeto de consideración en el Vaticano I. La Congregación General 39ª, celebrada el 1 de abril de 1870 (Mansi, vol. 51, col. 261 D ss.), describen lo siguiente:

En las enmiendas presentadas por los padres conciliares al segundo capítulo del esquema sobre la fe católica, la enmienda séptima, dice así:

«”1. La misma Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede, con la luz natural de la razón humana, es decir, por argumentos metafísicos, cosmológicos y morales, ser conocido con certeza y demostrado”. – O simplemente, “Puede con la luz natural de la razón humana, ser conocido con certeza y demostrado”».

La respuesta de la Deputatio fidei, fue la siguiente (Ibid., col. 276 AB):

«…Otra enmienda referida a la segunda parte dice: por la luz de la razón natural puede ser conocido con certeza y demostrado, peca por defecto y por exceso. Por defecto, porque no se indican los medios naturales por los que el hombre puede conocer naturalmente a Dios; y por exceso, poruqe no sólo dice que Dios pueda ser conocido con certeza por la luz de la razón natural, sino también que esta existencia de Dios puede ser probada o demostrada, siendo así que conocer con certeza y demostrar es una y la misma cosa, aunque la Diputación de la fe determinó elegir la expresión más suave y no ésta más fuerte».

Aquí estriba la centralidad del argumento: «certo cognoscere et demonstrare sit unum idemque».

La concepción evolucionista o dialéctica de la verdad, o el querer “forzar” la realidad a mi querer y entender, es lo que hace que desaparezca todo entendimiento objetivo, pues las esencias quedarían a merced de mi razón, de mi voluntad, o de cierta “violencia” de contradicción al modo hegeliano. Lo mismo ocurre en el orden moral y, por supuesto, en el orden teológico. Kant defiende que si se pregunta a un hombre virtuoso por qué cree en la inmortalidad del alma y en la existencia de Dios, éste respondería: “porque yo quiero que así sea, porque tengo necesidad de ello y me interesa” (Kant, Crítica de la razón práctica, P. U. F. 1943, pág. 153, en Verneaux, R., Crítica de la “Crítica de la razón pura”, Rialp 1978, pág. 259).

La realidad de las esencias existentes independientemente del conocimiento humano y que por éste son intencionalmente aprehendidas, es un punto de partida imprescindible. Por eso, los razonamientos hechos partiendo de los entes aprehendidos tienen su paralelismo fuera de la mente humana. De aquí que si un razonamiento está bien construido, es infalible, y dadas todas las premisas, su conclusión irrefutable. La evolución de las ciencias, sean de la rama que sean, provienen de construir verdades sobre verdades. Y el orden racional vale lo mismo para la moral, física, política, filosofía, teología… en todas ellas la verdad es la realidad de las cosas.

lunes, 18 de octubre de 2010

Déjame que te sueñe. (A mis dos madres, la de la tierra y la del Cielo)

Déjame que te sueñe,
que por la noche dormir no puedo.
Entra en mi alma, ven y posee
cada latido, cada momento.
Que si no puedo tenerte cerca
déjame al menos tenerte dentro...
Por unas horas gozar contigo,
de par en par abrir mi pecho
para mostrarte cómo te amo
y cómo sufro si no te tengo...
Dame unas horas para soñarte,
que nada estorbe mi pensamiento.
No te me vayas jamás, mi vida,
que sueño en vela que estoy dormido
y velo en sueños cuando te sueño...

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¿De qué estás hecha, mujer? (A las mujeres de mi vida: mi Madre del Cielo y mi madre de la tierra)

Dime de qué estás hecha,
mujer toda de carne y fuego.
Tan dulce en tanta amargura,
tan sensible, mujer de acero,
tan sufrida, y sin embargo
sólo sabes dar consuelo.
¿Cómo todo lo soportas,
si en verdad eres de carne?
Si eres más fuerte que el hierro,
¿por qué me es tan dulce amarte?
Si abrasas al mismo fuego,
¿cómo ardes sin quemarte?
Corazón de fuego que ama sin medida,
cuerpo de hierro que todo tolera.
Agua que lava heridas,
luz que alumbra mis tinieblas,
vida que me das vida,
tierra firme en la tormenta.
Capitana de mi vida,
vives sin miedo a la muerte,
y amarrado a tu persona,
no tengo miedo a perderme.
Porque te ocultas en todo
y lo eres todo a la vez,
resuélveme este misterio:
¿de qué estás hecha, mujer?

domingo, 12 de septiembre de 2010

Lo que queda después de un beso

Tras este título tan “romántico” se esconde lo que quisiera comunicar con esta cuasi-poesía. A todos los consagrados de rito latino se nos ha concedido el inmenso don del celibato, del cual somos depositarios y custodios como de un inefable tesoro encomendado por el Espíritu Santo. Es difícil expresar cómo es el amor de un consagrado hacia el Señor, su Esposo, y viceversa. Un amor que incluye el propio cuerpo, pero omite hasta la sombra de cualquier expresión o pensamiento carnal. Yo quisiera hoy dar una pequeña luz, un sencillo aspecto de este puro amor entre el Amado y la amada, la amada y el Amado. Se me ocurrió compararlo con el amor que queda después de un beso. Pensad en un beso puro, enamorado, como el que nuestras madres nos pueden haber dado. Ahora quitad el beso y quedaos con el “después”. Pues bien, como ese amor infinito, perdurable, pero casi totalmente distinto, es el que hay entre mi Señor Jesucristo y el alma. Las palabras se quedan cortas, por eso ahí va la poesía…

Cuando te vas nunca te alejas,
siempre te quedas conmigo,
y aunque ya no estás en carne y hueso
dejaste marcada tu huella en mi destino.
Todo me recuerda tu presencia,
y si tus labios ya no están sobre los míos,
perdura en mi abierto y herido pecho
el amor que canta su fuerte latido.
No está la llama, pero sí el calor ardiente,
mi flor se ha ido dejando su fresco perfume,
me queda todo, me quedas toda,
que conmigo por siempre permanece
la dulzura que dejan tus caricias,
la alegría que resuena en tus canciones,
la hermosura que grabó en mí tu figura,
la ternura de tus palabras,
la fragancia de tu cuerpo,
el recuerdo de tantas emociones…
Por eso nunca te pierdo, y es menos
lo que de menos te echo,
porque siempre está conmigo
lo que queda después de tu beso.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Carta de San Pedro Claver, o cómo ser un misionero cabal (Es la segunda lectura del Oficio divino de su fiesta, el 9 de septiembre).

De las cartas de San Pedro Claver, presbítero.

(Epist. diei 31 maii 1627 ad Superiorem suum data; Edit (in lingua hispanica) A. Valtierra, S.L., San Pedro Claver, Cartagena, 1964, pp. 140-141)

ENVIADO PARA DAR LA BUENA NOTICIA A LOS QUE SUFREN, PARA VENDAR LOS CORAZONES DESGARRADOS, PARA PROCLAMAR LA AMNISTÍA A LOS CAUTIVOS.

Ayer, 30 de mayo de este año de 1627, día de la Santísima Trinidad, saltó en tierra un grandísimo navío de negros de los Ríos. Fuimos allí cargados con dos espuertas de naranjas, limones, bizcochuelos y otras cosas. Entramos en sus casas, que parecía otra Guinea. Fuimos rompiendo por medio de la mucha gente hasta llegar a los enfermos, de que había una gran manada echados en el suelo muy húmedo y anegadizo, por lo cual estaba terraplenado de agudos pedazos de tejas y ladrillos, y esta era su cama, con estar en carnes sin un hilo de ropa.

Echamos manteos fuera y fuimos a traer de otra bodega tablas, y entablamos aquel lugar, y trajimos en brazos los muy enfermos, rompiendo por los demás. Juntamos los enfermos en dos ruedas; la una tomó mi compañero con el intérprete, apartados de la otra que yo tomé. Entre ellos había dos muriéndose, ya fríos y sin pulso. Tomamos una teja de brasas y puesta en medio de la rueda junto a los que estaban muriendo, y sacando varios olores de que llevábamos dos bolsas llenas, que se gastaron en esta ocasión y dímosles un sahumerio, poniéndole encima de ellos nuestros manteos, que otra cosa ni la tienen encima, ni hay que perder el tiempo en pedirles a los amos, cobraron calor y nuevos espíritus vitales, el rostro muy alegre, los ojos abiertos y mirándonos.

De esta manera les estuvimos hablando, no con lengua sino con manos y obras, que, como vienen tan persuadidos de que los traen para comerlos, hablarles de otra manera fue con provecho. Asentámonos después o arrodillámonos junto a ellos, y les lavamos los rostros y vientres con vino, y alegrándolos y acariciando mi compañero a los suyos y yo a los míos, les comenzamos a poner delante cuantos motivos naturales hay para alegrar un enfermo.

Hecho esto, entramos en el catecismo del santo bautismo y sus grandiosos efectos en el cuerpo y en el alma, y hechos capaces de ello y respondiéndonos a las preguntas hechas sobre lo enseñado, pasamos al catecismo grande: Uno, remunerador, castigador, etc. Luego les pedimos afectos de dolor, aborrecimiento de sus pecados, etc. Estando ya capaces, les declaramos los misterios de la Santísima Trinidad, Encarnación y Pasión, y poniéndoles delante una imagen de Cristo Señor Nuestro en la Cruz, que se levanta de una pila bautismal y de sus sacratísimas llagas caen en ella arroyos de sangre, les rezamos, en su lengua, el acto de contrición.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Miedo sin ti (A la Inmaculada)

Tengo miedo de dejarte,
de olvidar tu pensamiento,
de escribir tu nombre en agua,
lanzar palabras al viento…
Tengo miedo de no amarte,
de perderte en un momento,
tengo miedo de ofenderte,
de que pase sin ti el tiempo…
Por eso, para que nada
haga sombra a tu recuerdo
grabaré a fuego en mi alma:
«¡Amada mía, te quiero!»
Vengan tormentas si quieren,
vengan sus rayos y truenos,
contra mi luchen demonios
que a nada ni nadie temo.
Que saber que tú me amas
basta para mi sustento.
Ya no me interesa nada
si a mi lado yo te tengo.

domingo, 29 de agosto de 2010

Marca de madre. A mi mamá y a todas las mamás del universo.

Marca de madre, a fuego lento impresa en cada momento.
Sin doblez, sin copia, sin par y sin modelo.
Pones tu sello en todo, inconfundible y recio,
suave como las caricias que deslizabas en mi pelo,
dulce como tus flanes, fresco como tus besos.
Marca de madre, que estallas en mil luceros:
los de las noches frías, los del dolor incierto,
los de las pesadillas y de los justos suspensos:
que basta una mirada tuya para deshacer el hielo,
para matar los monstruos que acechan mi dulce sueño,
para calmar la pena y despertar el talento.
Marca de madre mía, señal grabada en todo lo bueno.
Noches en vela para cuidarme, -más que hijo tuyo era tu dueño-,
tortilla de patatas, zurcido perfecto,
sábanas recién puestas para caerme muerto
tras el baño caliente y el colacao bien lleno.
Todo lo haces para quererme, ¡y yo qué poco, mamá, te quiero!
Marca de madre mía, ¡con cuánto gusto te llevo dentro!

Canción del pajarillo herido

Misión sacerdotal y obra de misericordia es consolar al triste. Y las penas de amores son mucha tristeza… Hoy dedico esta poesía a un amigo muy especial que tiene el corazón destrozado por un amor imposible. Y a todos los corazones heridos.

Un pajarillo está herido,
-transverberado de amor-,
y en un vuelo de su pluma
dejó escrita esta canción:

Hoy volaré, como siempre,
a la caza de tu perfume.
Me asomaré a tu ventana,
y si la dejas abierta,
entraré sin hacer ruido.
No quiero molestarte,
sé que nunca podré tenerte.
Eres humana, demasiado humana para mí,
y jamás podré llenar tu corazón solitario.
Si pudiera hablarte,
decirte lo que me quema por dentro,
si pudieras sentir mi corazón acelerado…
Vuelo por ti. Canto por ti. Vivo por ti.
Deseo que amanezca para poder sentirte cerca.
¡Si pudiera empujar al Sol para que antes saliera...!
Me derrito en deseos de sentarme a tu vera,
beber en tu vaso, comer de tu plato,
dormir en tu cama, morir en tus brazos.
Que mi última mirada se pierda en tus ojos,
que mi postrer trino resuene en tu oído,
que mi aliento final sea con el puro aire de tu pecho.
Hoy haré mi vuelo más gentil y risueño,
escribiré en el aire mi declaración jurada:
¡que nunca habrá en mi vida más amor que el tuyo,
no cantaré para nadie más que tú,
no volaré si no es para hacerte sonreír,
que fuera de ti no quiero nada!
Los colores con que Dios me vistió sólo son para agradarte,
y palidecen ante el azul de tus ojos, el blanco de tu rostro,
el carmín de tus labios.
Parece alegre mi trino, y no es sino pura tristeza
por saber que nunca gozaré de tu arrullo,
que jamás podré darte un beso,
ni tener un hijo tuyo.
Desearía mi muerte si vivir sin ti pudiera.
Y aunque no pueda vivir contigo,
tú das sentido a mi vida.
Por eso, amada mía,
volaré hasta mi muerte
a la caza de tu perfume.

sábado, 28 de agosto de 2010

A todos los neo-papás

Me ocurre a mi, como a todos los sacerdotes, que cruzando el umbral de los 30 años, los amigos, así de la infancia como de la juventud, se van casando y son bendecidos con hijos. Uno, que evidentemente es sólo del Señor, no tiene esposa ni retoños de carne y sangre. Y en las conversaciones, dirección espiritual, llamadas telefónicas, etc…, en estos momentos en los que los corazones se abren de par en par, fluyen las confidencias, a cual más bonita. Y me pasa que por ser sacerdote, como que mis amigos se esfuerzan en los detalles, en hacerme comprender lo que nunca podré “experimentar”.

Movido por estas declaraciones de esponsalidad y paternidad tan bellas, se me ocurrió escribir una carta. Carta evidentemente ficticia, pero no por ello falsa. Es como un resumen de lo que mis buenos amigos me van contando. Y a ellos y a todos los neo-papás se la dedico con todo mi afecto y admiración. Según va avanzando el misterio de iniquidad, más y más valoro el ser esposo y padre.

Por cierto, esta carta, –me da corte decirlo, pero es la verdad-, ha resultado ganadora en el programa EsAmor, de EsRadio. La podéis oír aquí. Me ha tocado un viaje de fin de semana, pero aún estoy esperando que me llamen para ver a dónde, cuándo, y si puedo regalárselo a alguno de esos matrimonios amigos, cosa que me encantaría. Ahí va:

«Yo apenas pensaba en otra cosa. Más bien, sólo pensaba en él. En mi vida, todo había perdido su dirección propia, y la gravedad tenía una sola dirección cuya velocidad se multiplicaba en cada latido de mi acelerado corazón. Me pasaba lo que a mamá cada vez que íbamos de compras: ya se tratara de comida, ropa, calzado o detergente, todo lo refería a mí. Que si tal cosa me gustaba, que qué lástima no hubiera una talla menor, que si las manchas de hierba de mis remendados pantalones se esfumarían con tal producto… Nunca pensaba en ella. Y así sigue. Es madre, y yo creo que algo de eso he heredado.

Cuando lo veo, tan pequeño, tan sonriente, tan para-comérselo, se me olvida todo lo demás. Me encanta dormirlo en mi pecho, darle el bibe, cambiarle los pañales. Al principio no acertaba, pero el amor hace aprender todo. De hecho, el amor hace sobrehumanos a los más miserables mortales. Cuando mi esposa me susurró entre besos aquella frase antológica de “¡Estoy embarazada!”, las lágrimas de alegría no me dejaban ver el torrente de hormonas que le bombardeaban no sólo a ella, sino a mí. Me he vuelto súper sensible, y me encanta. Yo, macho candidato a anuncio de colonia para hombres, huelo a esa infantil mezcla de talco y Nenuco que no para de recordarme quién soy.

Mi niño no conoce mis noches. He aprendido a dormir entre toma y pañal, y ya no sé soñar si no es en los tres. Siento que ya no tengo vida anterior. No me importa. Me encanta mi vida de ahora. Tan débil como era para tantas cosas, mi niño es la medicina que me hacía tanta falta para remediar tanta flojera. Yo, que desde mis diecisiete no pasaba una noche en vela sin sentirme apabullado, apenas duermo muchas noches. Tan pulcro en mi horario, me doy cuenta de que el amor conlleva salir de las propias casillas y rehacer los planes a cada segundo. Así en tantas cosas… Y sin embargo, tan feliz…

A veces tengo miedo, o más bien, creo que lo tengo. Pienso en el futuro de mi hijo. El mundo anda tan acelerado, que temo quedarme estancado y de padre pasar a bisabuelo en diez años, desenganchado del devenir. Pero me aferro a la certeza de que ningún acontecimiento, ningún descubrimiento, ningún nuevo pecado o virtud podrán jamás quitarme el ser padre, y serlo por toda la eternidad.

Cuando lo miro embobado y pienso: “¡Es mi hijo!”, me siento totalmente desbordado de responsabilidad, y como humillado. Es totalmente desproporcionado: ¿Cómo hemos podido hacer algo tan grande? No quiero pensarlo, porque me siento como lanzado al vacío. Aunque realmente es así: un salto en confianza. Un vivir en esperanza. Mi niño me da tanta fuerza que no creo que haya dificultad alguna que se me presente de la que no pueda salir victorioso. Creo que por darle lo mejor sería capaz de todo. No hay toro bravo que me haga frente. Y si muriera en la batalla, moriré luchando, nunca dormido.

Gracias, mi niño, por haber tomado posesión de mi vida. Gracias, Cari, por hacerme sentir tan útil pese a mi poca sangre. Cuando me enamoré de ti, pensé que nunca habría nada que hiciera sombra a nuestro amor. Y así ha sido. Este niño tiene tus ojos, tu sangre y vida. Y sin embargo es también mío. Tanto amor no hace sino fundir a fuego nuestros tres corazones. No es que no quepa más amor en mi corazón, es que mi corazón se hecho inmenso, infinito. Y es todo y por siempre tuyo; todo y por siempre suyo».

Sacerdote de mi Amado

Permíteme ser tu cáliz,
llevar tu Sangre en mis venas.
Que sea mi cuerpo el Tuyo
y me convierta en patena.
Déjame ser tu Palabra,
tus manos, pies y cabeza.
Mi boca sea tu voz,
y cada beso que dé
sólo de tus labios sea.
Sacerdote de mi Amado,
Hostia viva y verdadera.
Como atraviesan los clavos
tu Cuerpo hasta la madera,
así clávame contigo
y que clavado en Ti muera.
Que si vivo para amarte,
que si tu amor me alimenta,
que si tu amor es mi vida
y tu vida es vida eterna,
se queda la muerte en nada,
que tu Corazón es puerta
por donde entra el humilde
y dormido en tu pecho queda.
Sacerdote de mi Amado,
¡Hostia, cáliz y patena!

A mis hermanos sacerdotes, pidiéndoles su bendición.