Dime de qué estás hecha,
mujer toda de carne y fuego.
Tan dulce en tanta amargura,
tan sensible, mujer de acero,
tan sufrida, y sin embargo
sólo sabes dar consuelo.
¿Cómo todo lo soportas,
si en verdad eres de carne?
Si eres más fuerte que el hierro,
¿por qué me es tan dulce amarte?
Si abrasas al mismo fuego,
¿cómo ardes sin quemarte?
Corazón de fuego que ama sin medida,
cuerpo de hierro que todo tolera.
Agua que lava heridas,
luz que alumbra mis tinieblas,
vida que me das vida,
tierra firme en la tormenta.
Capitana de mi vida,
vives sin miedo a la muerte,
y amarrado a tu persona,
no tengo miedo a perderme.
Porque te ocultas en todo
y lo eres todo a la vez,
resuélveme este misterio:
¿de qué estás hecha, mujer?
Si Dios nos ha dado una cabeza para entender y un corazón para amar, ¿por qué vivir decapitados y descorazonados? Piensa y cree con todas tus fuerzas, con toda tu mente, con todo tu ser.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
¿De qué estás hecha, mujer? (A las mujeres de mi vida: mi Madre del Cielo y mi madre de la tierra)
domingo, 12 de septiembre de 2010
Lo que queda después de un beso
Tras este título tan “romántico” se esconde lo que quisiera comunicar con esta cuasi-poesía. A todos los consagrados de rito latino se nos ha concedido el inmenso don del celibato, del cual somos depositarios y custodios como de un inefable tesoro encomendado por el Espíritu Santo. Es difícil expresar cómo es el amor de un consagrado hacia el Señor, su Esposo, y viceversa. Un amor que incluye el propio cuerpo, pero omite hasta la sombra de cualquier expresión o pensamiento carnal. Yo quisiera hoy dar una pequeña luz, un sencillo aspecto de este puro amor entre el Amado y la amada, la amada y el Amado. Se me ocurrió compararlo con el amor que queda después de un beso. Pensad en un beso puro, enamorado, como el que nuestras madres nos pueden haber dado. Ahora quitad el beso y quedaos con el “después”. Pues bien, como ese amor infinito, perdurable, pero casi totalmente distinto, es el que hay entre mi Señor Jesucristo y el alma. Las palabras se quedan cortas, por eso ahí va la poesía…
Cuando te vas nunca te alejas,
siempre te quedas conmigo,
y aunque ya no estás en carne y hueso
dejaste marcada tu huella en mi destino.
Todo me recuerda tu presencia,
y si tus labios ya no están sobre los míos,
perdura en mi abierto y herido pecho
el amor que canta su fuerte latido.
No está la llama, pero sí el calor ardiente,
mi flor se ha ido dejando su fresco perfume,
me queda todo, me quedas toda,
que conmigo por siempre permanece
la dulzura que dejan tus caricias,
la alegría que resuena en tus canciones,
la hermosura que grabó en mí tu figura,
la ternura de tus palabras,
la fragancia de tu cuerpo,
el recuerdo de tantas emociones…
Por eso nunca te pierdo, y es menos
lo que de menos te echo,
porque siempre está conmigo
lo que queda después de tu beso.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Carta de San Pedro Claver, o cómo ser un misionero cabal (Es la segunda lectura del Oficio divino de su fiesta, el 9 de septiembre).
De las cartas de San Pedro Claver, presbítero.
(Epist. diei 31 maii 1627 ad Superiorem suum data; Edit (in lingua hispanica) A. Valtierra, S.L., San Pedro Claver, Cartagena, 1964, pp. 140-141)
ENVIADO PARA DAR LA BUENA NOTICIA A LOS QUE SUFREN, PARA VENDAR LOS CORAZONES DESGARRADOS, PARA PROCLAMAR LA AMNISTÍA A LOS CAUTIVOS.
Ayer, 30 de mayo de este año de 1627, día de la Santísima Trinidad, saltó en tierra un grandísimo navío de negros de los Ríos. Fuimos allí cargados con dos espuertas de naranjas, limones, bizcochuelos y otras cosas. Entramos en sus casas, que parecía otra Guinea. Fuimos rompiendo por medio de la mucha gente hasta llegar a los enfermos, de que había una gran manada echados en el suelo muy húmedo y anegadizo, por lo cual estaba terraplenado de agudos pedazos de tejas y ladrillos, y esta era su cama, con estar en carnes sin un hilo de ropa.
Echamos manteos fuera y fuimos a traer de otra bodega tablas, y entablamos aquel lugar, y trajimos en brazos los muy enfermos, rompiendo por los demás. Juntamos los enfermos en dos ruedas; la una tomó mi compañero con el intérprete, apartados de la otra que yo tomé. Entre ellos había dos muriéndose, ya fríos y sin pulso. Tomamos una teja de brasas y puesta en medio de la rueda junto a los que estaban muriendo, y sacando varios olores de que llevábamos dos bolsas llenas, que se gastaron en esta ocasión y dímosles un sahumerio, poniéndole encima de ellos nuestros manteos, que otra cosa ni la tienen encima, ni hay que perder el tiempo en pedirles a los amos, cobraron calor y nuevos espíritus vitales, el rostro muy alegre, los ojos abiertos y mirándonos.
De esta manera les estuvimos hablando, no con lengua sino con manos y obras, que, como vienen tan persuadidos de que los traen para comerlos, hablarles de otra manera fue con provecho. Asentámonos después o arrodillámonos junto a ellos, y les lavamos los rostros y vientres con vino, y alegrándolos y acariciando mi compañero a los suyos y yo a los míos, les comenzamos a poner delante cuantos motivos naturales hay para alegrar un enfermo.
Hecho esto, entramos en el catecismo del santo bautismo y sus grandiosos efectos en el cuerpo y en el alma, y hechos capaces de ello y respondiéndonos a las preguntas hechas sobre lo enseñado, pasamos al catecismo grande: Uno, remunerador, castigador, etc. Luego les pedimos afectos de dolor, aborrecimiento de sus pecados, etc. Estando ya capaces, les declaramos los misterios de la Santísima Trinidad, Encarnación y Pasión, y poniéndoles delante una imagen de Cristo Señor Nuestro en la Cruz, que se levanta de una pila bautismal y de sus sacratísimas llagas caen en ella arroyos de sangre, les rezamos, en su lengua, el acto de contrición.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Miedo sin ti (A la Inmaculada)
Tengo miedo de dejarte,
de olvidar tu pensamiento,
de escribir tu nombre en agua,
lanzar palabras al viento…
Tengo miedo de no amarte,
de perderte en un momento,
tengo miedo de ofenderte,
de que pase sin ti el tiempo…
Por eso, para que nada
haga sombra a tu recuerdo
grabaré a fuego en mi alma:
«¡Amada mía, te quiero!»
Vengan tormentas si quieren,
vengan sus rayos y truenos,
contra mi luchen demonios
que a nada ni nadie temo.
Que saber que tú me amas
basta para mi sustento.
Ya no me interesa nada
si a mi lado yo te tengo.
domingo, 29 de agosto de 2010
Marca de madre. A mi mamá y a todas las mamás del universo.
Marca de madre, a fuego lento impresa en cada momento.
Sin doblez, sin copia, sin par y sin modelo.
Pones tu sello en todo, inconfundible y recio,
suave como las caricias que deslizabas en mi pelo,
dulce como tus flanes, fresco como tus besos.
Marca de madre, que estallas en mil luceros:
los de las noches frías, los del dolor incierto,
los de las pesadillas y de los justos suspensos:
que basta una mirada tuya para deshacer el hielo,
para matar los monstruos que acechan mi dulce sueño,
para calmar la pena y despertar el talento.
Marca de madre mía, señal grabada en todo lo bueno.
Noches en vela para cuidarme, -más que hijo tuyo era tu dueño-,
tortilla de patatas, zurcido perfecto,
sábanas recién puestas para caerme muerto
tras el baño caliente y el colacao bien lleno.
Todo lo haces para quererme, ¡y yo qué poco, mamá, te quiero!
Marca de madre mía, ¡con cuánto gusto te llevo dentro!
Canción del pajarillo herido
Misión sacerdotal y obra de misericordia es consolar al triste. Y las penas de amores son mucha tristeza… Hoy dedico esta poesía a un amigo muy especial que tiene el corazón destrozado por un amor imposible. Y a todos los corazones heridos.
Un pajarillo está herido,
-transverberado de amor-,
y en un vuelo de su pluma
dejó escrita esta canción:
Hoy volaré, como siempre,
a la caza de tu perfume.
Me asomaré a tu ventana,
y si la dejas abierta,
entraré sin hacer ruido.
No quiero molestarte,
sé que nunca podré tenerte.
Eres humana, demasiado humana para mí,
y jamás podré llenar tu corazón solitario.
Si pudiera hablarte,
decirte lo que me quema por dentro,
si pudieras sentir mi corazón acelerado…
Vuelo por ti. Canto por ti. Vivo por ti.
Deseo que amanezca para poder sentirte cerca.
¡Si pudiera empujar al Sol para que antes saliera...!
Me derrito en deseos de sentarme a tu vera,
beber en tu vaso, comer de tu plato,
dormir en tu cama, morir en tus brazos.
Que mi última mirada se pierda en tus ojos,
que mi postrer trino resuene en tu oído,
que mi aliento final sea con el puro aire de tu pecho.
Hoy haré mi vuelo más gentil y risueño,
escribiré en el aire mi declaración jurada:
¡que nunca habrá en mi vida más amor que el tuyo,
no cantaré para nadie más que tú,
no volaré si no es para hacerte sonreír,
que fuera de ti no quiero nada!
Los colores con que Dios me vistió sólo son para agradarte,
y palidecen ante el azul de tus ojos, el blanco de tu rostro,
el carmín de tus labios.
Parece alegre mi trino, y no es sino pura tristeza
por saber que nunca gozaré de tu arrullo,
que jamás podré darte un beso,
ni tener un hijo tuyo.
Desearía mi muerte si vivir sin ti pudiera.
Y aunque no pueda vivir contigo,
tú das sentido a mi vida.
Por eso, amada mía,
volaré hasta mi muerte
a la caza de tu perfume.
sábado, 28 de agosto de 2010
A todos los neo-papás
Me ocurre a mi, como a todos los sacerdotes, que cruzando el umbral de los 30 años, los amigos, así de la infancia como de la juventud, se van casando y son bendecidos con hijos. Uno, que evidentemente es sólo del Señor, no tiene esposa ni retoños de carne y sangre. Y en las conversaciones, dirección espiritual, llamadas telefónicas, etc…, en estos momentos en los que los corazones se abren de par en par, fluyen las confidencias, a cual más bonita. Y me pasa que por ser sacerdote, como que mis amigos se esfuerzan en los detalles, en hacerme comprender lo que nunca podré “experimentar”.
Movido por estas declaraciones de esponsalidad y paternidad tan bellas, se me ocurrió escribir una carta. Carta evidentemente ficticia, pero no por ello falsa. Es como un resumen de lo que mis buenos amigos me van contando. Y a ellos y a todos los neo-papás se la dedico con todo mi afecto y admiración. Según va avanzando el misterio de iniquidad, más y más valoro el ser esposo y padre.
Por cierto, esta carta, –me da corte decirlo, pero es la verdad-, ha resultado ganadora en el programa EsAmor, de EsRadio. La podéis oír aquí. Me ha tocado un viaje de fin de semana, pero aún estoy esperando que me llamen para ver a dónde, cuándo, y si puedo regalárselo a alguno de esos matrimonios amigos, cosa que me encantaría. Ahí va:
«Yo apenas pensaba en otra cosa. Más bien, sólo pensaba en él. En mi vida, todo había perdido su dirección propia, y la gravedad tenía una sola dirección cuya velocidad se multiplicaba en cada latido de mi acelerado corazón. Me pasaba lo que a mamá cada vez que íbamos de compras: ya se tratara de comida, ropa, calzado o detergente, todo lo refería a mí. Que si tal cosa me gustaba, que qué lástima no hubiera una talla menor, que si las manchas de hierba de mis remendados pantalones se esfumarían con tal producto… Nunca pensaba en ella. Y así sigue. Es madre, y yo creo que algo de eso he heredado.
Cuando lo veo, tan pequeño, tan sonriente, tan para-comérselo, se me olvida todo lo demás. Me encanta dormirlo en mi pecho, darle el bibe, cambiarle los pañales. Al principio no acertaba, pero el amor hace aprender todo. De hecho, el amor hace sobrehumanos a los más miserables mortales. Cuando mi esposa me susurró entre besos aquella frase antológica de “¡Estoy embarazada!”, las lágrimas de alegría no me dejaban ver el torrente de hormonas que le bombardeaban no sólo a ella, sino a mí. Me he vuelto súper sensible, y me encanta. Yo, macho candidato a anuncio de colonia para hombres, huelo a esa infantil mezcla de talco y Nenuco que no para de recordarme quién soy.
Mi niño no conoce mis noches. He aprendido a dormir entre toma y pañal, y ya no sé soñar si no es en los tres. Siento que ya no tengo vida anterior. No me importa. Me encanta mi vida de ahora. Tan débil como era para tantas cosas, mi niño es la medicina que me hacía tanta falta para remediar tanta flojera. Yo, que desde mis diecisiete no pasaba una noche en vela sin sentirme apabullado, apenas duermo muchas noches. Tan pulcro en mi horario, me doy cuenta de que el amor conlleva salir de las propias casillas y rehacer los planes a cada segundo. Así en tantas cosas… Y sin embargo, tan feliz…
A veces tengo miedo, o más bien, creo que lo tengo. Pienso en el futuro de mi hijo. El mundo anda tan acelerado, que temo quedarme estancado y de padre pasar a bisabuelo en diez años, desenganchado del devenir. Pero me aferro a la certeza de que ningún acontecimiento, ningún descubrimiento, ningún nuevo pecado o virtud podrán jamás quitarme el ser padre, y serlo por toda la eternidad.
Cuando lo miro embobado y pienso: “¡Es mi hijo!”, me siento totalmente desbordado de responsabilidad, y como humillado. Es totalmente desproporcionado: ¿Cómo hemos podido hacer algo tan grande? No quiero pensarlo, porque me siento como lanzado al vacío. Aunque realmente es así: un salto en confianza. Un vivir en esperanza. Mi niño me da tanta fuerza que no creo que haya dificultad alguna que se me presente de la que no pueda salir victorioso. Creo que por darle lo mejor sería capaz de todo. No hay toro bravo que me haga frente. Y si muriera en la batalla, moriré luchando, nunca dormido.
Gracias, mi niño, por haber tomado posesión de mi vida. Gracias, Cari, por hacerme sentir tan útil pese a mi poca sangre. Cuando me enamoré de ti, pensé que nunca habría nada que hiciera sombra a nuestro amor. Y así ha sido. Este niño tiene tus ojos, tu sangre y vida. Y sin embargo es también mío. Tanto amor no hace sino fundir a fuego nuestros tres corazones. No es que no quepa más amor en mi corazón, es que mi corazón se hecho inmenso, infinito. Y es todo y por siempre tuyo; todo y por siempre suyo».
Sacerdote de mi Amado
Permíteme ser tu cáliz,
llevar tu Sangre en mis venas.
Que sea mi cuerpo el Tuyo
y me convierta en patena.
Déjame ser tu Palabra,
tus manos, pies y cabeza.
Mi boca sea tu voz,
y cada beso que dé
sólo de tus labios sea.
Sacerdote de mi Amado,
Hostia viva y verdadera.
Como atraviesan los clavos
tu Cuerpo hasta la madera,
así clávame contigo
y que clavado en Ti muera.
Que si vivo para amarte,
que si tu amor me alimenta,
que si tu amor es mi vida
y tu vida es vida eterna,
se queda la muerte en nada,
que tu Corazón es puerta
por donde entra el humilde
y dormido en tu pecho queda.
Sacerdote de mi Amado,
¡Hostia, cáliz y patena!
miércoles, 30 de junio de 2010
Concilio Vaticano II, concilio católico
Discutía hace meses con un sacerdote sobre un tema disciplinar. Yo, haciendo lo más rápido que me fue posible acopio mental del magisterio que apoyaba la disciplina en cuestión, ofrecí mis argumentos. Mi buen adversario, por el contrario, me espetó con un arma de difícil mecanismo y fácil disparo: “El espíritu del Concilio”. Evidentemente, se refería al último ecuménico. Mi respuesta fue rápida: “¿Te has leído los textos conciliares?”, “Casi todos”, me contestó. “¿Y en qué Constitución, Decreto o Declaración está escrito ese “espíritu”? Me contestó, algo vagamente, que el espíritu se encuentra en la forma de interpretar y poner en práctica dichos escritos, respuesta para la cual no hace falta tener muchas luces. Continué: “¿Y la práctica o interpretación es magisterial, o sólo lo escrito y tal cual está en el latín original?” Llegados a este punto, me dijo que era un integrista y que si no sé leer. Le dije que sí, que yo había leído el Concilio varias veces y en latín, y que por ninguna parte encontraba fundamento al espíritu en el que él se apoyaba para deslegitimar la disciplina que nos ocupaba. No podíamos hablar más tiempo, porque cada uno debía irse a sus obligaciones. Él me entendía perfectamente, y yo a él más de lo que él se creía. Evidentemente, entiendo a lo que uno se refiere cuando habla del “espíritu del Concilio”, pero con la misma evidencia soy capaz de distinguir cuándo uno busca un apoyo ilegítimo para una doctrina heterodoxa o una praxis equivocada.
Mi buen amigo, con todo mi respeto, es de los llamados progres. Y sin embargo, su argumento sirve también para los llamados integristas. Y con ellos me refiero a los que condenan los textos del Concilio como heterodoxos, y no por ellos mismos, sino por su espíritu. Entre ellos me he encontrado muchos que no utilizan la analogía y leen los textos conciliares como ciertas facciones protestantes la Sagrada Escritura. Otros, que quieren sacar punta a las expresiones más normales y ortodoxas, aunque, es verdad, a veces poco “tajantes”. Y otros que me hablan del Concilio por escritos de “teólogos” posteriores, no por el Concilio mismo.
El Concilio Vaticano II es, en su gran mayoría, claro y tradicional. Cualquier alma sencilla que lo lea puede decir: Es lo de siempre, pero más adornado, más explicado, a veces menos concreto… pero a la postre, la doctrina católica de siempre. ¿Y esto por qué? Porque las almas sencillas entienden y leen el Concilio desde la fe y sin complicaciones. Y este es el esfuerzo que pido yo a mis amigos, una vez más para entendernos, integristas, (palabra peligrosa ésta, porque yo me considero también integrista, pero ya me entiende el lector por dónde quiero ir y a qué me quiero referir): el esfuerzo de intentar entender ortodoxamente el Concilio, y la humildad y el esfuerzo necesarios para hacerlo. Repito, los textos son pretendidamente ambiguos a veces, poco concretos otras; allí graves omisiones, allá expresiones novedosas y multiinterpretables. De acuerdo. Pero, ¿por qué no hacer el esfuerzo de intentar entender ortodoxamente? Sabemos que el Concilio muchas veces no siguió aquella máxima de San Ireneo citada por Santo Tomás de Aquino, que los cristianos no deben utilizar las mismas palabras que los herejes, para no dar a entender que les dan la razón (Cf. Summa Theologica, III, q. 16, a. 8). Mas de esto no puede seguirse la afirmación de que se les dé dicha razón, sino más bien el peligro de confusión. Tal peligro existe y es una cesión peligrosísima, ciertamente; mas de aquí no se sigue necesariamente que una expresión interpretable deba ser necesariamente interpretada al modo heterodoxo. Me viene a la mente aquello que dijo S. Pío X del Cardenal Newman, al que yo no tengo especial devoción ni religiosa ni intelectual: “Profecto in tanta lucubrationum eius copia, quidpiam reperiri potest, quod ab usitata theologorum ratione alienum videatur; nihil potest quod de ipsius fide suspicionem afferat” (S. Pío X, carta Tuum illud opusculum, del 10 de marzo de 1908). Y más aún, salvando la analogía de personajes, lo que decía San Pedro en el capítulo tercero de su segunda carta sobre los escritos de San Pablo: “… Sicut et carissimus frater noster Paulus secundum datam sibi sapientiam scripsit vobis, sicut et in omnibus epistulis loquens in eis de his; in quibus sunt quaedam difficilia intellectu, quae indocti et instabiles depravant, sicut et ceteras Scripturas, ad suam ipsorum perditionem. Vos igitur, dilecti, praescientes custodite, ne iniquorum errore simul abducti excidatis a propria firmitate; crescite vero in gratia et in cognitione Domini nostri et Salvatoris Iesu Christi”. O sea, que tanto el Cardenal Newman como San Pablo ¡son ortodoxos! No me tenga el santo en cuenta la ironía, y sí el lector lo que quiero decir: que es fácil sacar punta al Concilio, claro que sí, pero no es es la misión del católico, sino muy otra.
En el Seminario, estudiando Patrística, el profesor me admitió como trabajo de la asignatura una traducción del Contra errores Græcorum, opúsculo escrito por el Angélico. En él, el Santo intenta desmontar los errores de los griegos, quienes precisamente apoyan sus afirmaciones en expresiones tomadas de Santos Padres y Escritores eclesiásticos, incluso de actas conciliares. Pudiérase objetar que aún la Teología no había alcanzado su cénit, que el lenguaje teológico estaba aún en formación, etc… Estas objeciones son válidas en ciertos casos, mas ni mucho menos en todos. San Atanasio, San Cirilo, San Serapio, son suficientemente claros para no inducir a error. ¿Qué ocurre, entonces? Que los ortodoxos (heterodoxos) o bien sacaban de contexto, o bien daban un sentido distinto a las expresiones de esos santos que llevaban a errores o a confusión. Bien, pues Santo Tomás intenta corregir esas desviaciones, explicando ortodoxamente lo ortodoxamente escrito, aunque a veces adoleciera de falta de claridad, o fuera “forzadamente” interpretado para decir lo que no querían decir sus autores originales. Otro principio de San Ignacio de Loyola que hace mucho bien y viene a caso es el de intentar “salvar la proposición del contrario”. Aquí, perdóneseme, el “contrario” es el Concilio, y yo tengo que hacer el esfuerzo por salvarlo, no por condenarlo. Y en este esfuerzo hemos de empeñarnos todos los católicos, puesto que los enemigos de la fe de la Iglesia ya se afanan en torcer su interpretación y dar a luz su diabólico “espíritu”. Como dice el mismo santo en la 9ª regla para sentir con la Iglesia, debemos “alabar todos los preceptos de la Iglesia, teniendo ánimo prompto para buscar razones en su defensa y en ninguna manera en su ofensa”.
Yo no soy Papa, ni obispo; soy un pobre sacerdote que quiere ser fiel a la Iglesia hasta la sangre. Cuando uno estudia Historia de la Iglesia encuentra capítulos verdaderamente tristes, penosos. Recuerdo cuántas luces me dio la lectura del libro de Hugo Wast sobre San Juan Bosco. Una frase del mismo se me grabó a fuego: “El Papa es infalible en su magisterio, no en su ministerio”. Y esto me consoló mucho. A veces, el Papa pudiera ser débil, transigir con mediocridades que ponen en peligro la vida católica en plenitud. Incluso al enseñar ocurre que a veces es ambiguo, y uno como que se siente movido a imaginarse papa y dar lecciones de gobierno y magisterio, condenar a uno, excomulgar a otro, decir las cosas de otra manera, rechazar a tal personaje, y todo ello en aras de la valentía cristiana y del fuego que arde en el alma del católico fiel. Y sin embargo las cosas no deben ser tan fáciles, ¿no? El Concilio Vaticano II fue un encaje de bolillos en el que había que conjugar la pureza de la fe católica, el deseo de no importunar ni a los miembros de otras religiones, ni a los herejes, ni a los políticos, ni a nadie; y todo ello intentando dar vigor y esperanza a la Iglesia. Me imagino que debió ser difícil. En mil partes pueden leerse los entresijos y artimañas de los padres conciliares, hechos que en principio son “secretos”. Recuerdo cómo gozaba en el Seminario leyendo los esquemas preparatorios en las Actæ Concilii Vaticani II, expresión de ortodoxia al más puro estilo del catecismo de San Pío X, y mi desilusión al ver que todo se diluía y el fin era muy distinto del principio. Y con todo, jamás, repito, jamás he encontrado nada que sea heterodoxo en los textos conciliares, o si quieren nada que no pueda ser entendido de modo ortodoxo en los mismos, a veces, lo reconozco, haciendo verdaderos equilibrios teológicos, tantos como los que hicieron los padres conciliares para ser, diciéndolo de forma brutal, “ortodoxos con expresiones fácilmente interpretables de forma heterodoxa”.
Uno de los diques de esta última forma de interpretación son las notas, tanto las aclaratorias como las que están a pie de página. Su estilo suele ser más “tradicional”, más dogmático, o sea, en muchos casos, por así decir, “lo mejor”. Así ocurre con la Nota de la Constitución Lumen Gentium, que explica el sentido de la “Colegialidad” de los obispos respecto del poder absoluto del Papa; las respectivas notas de ésta Constitución y la Dei Verbum, que intentan al menos aclarar la cualificación teológica de las mismas.
También existen las aclaraciones dentro del mismo texto de los documentos. Así, en la Declaración Dignitatis Humanæ, el número primero se ve en la obligación de dar la “clave interpretativa” de todo el documento: “Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”. Es decir, que si de este decreto se extrajeran doctrinas novedosas y contrarias a la doctrina católica tradicional, estaríamos ante una interpretación torcida del mismo, trampa por otra parte en la que es harto fácil caer. El número 4 de dicha Declaración comienza así: “Libertas seu imunitas a coërcitione in re religiosa“, o sea, que hay que entender libertad religiosa como inmunidad de coacción para la fe, cosa que es pura tradición y si me apuran, verdad metafísica, puesto que el acto de fe es por su propia naturaleza libre, y si no es libre, ni es acto de fe, ni conlleva mérito. Igualmente, si en las notas a pie de página se cita, por ejemplo, las Encíclicas Libertas præstantissimum e Immortale Dei de León XIII (notas 2 y 7) y la Summa Theologica de Santo Tomás (notas 3 y 4), las enseñanzas conciliares habrán de leerse a la luz de estos textos y no de otra manera. En ninguna parte se enseña que todas las religiones sean iguales, que cualquiera de ellas sea camino de salvación, etc. Sí, a veces la expresión no es clara, o es poco fuerte, o condescendiente; tómese pues, como puntales, lo católicamente claro, y desde ahí lea lo demás.
Recuerdo que una vez un amigo sacerdote me dejó completamente perplejo, de esas veces que prefieres suspender el juicio porque temes meter la pata contra la fe de la Iglesia o el debido respeto y sumisión a su Jerarquía. La cuestión versaba sobre un párrafo de la Declaración Nostra ætate, en particular el referido a los budistas: “En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior”. Mi compañero me instaba a abrir los ojos y ver cómo la Iglesia reconocía que el Budismo era camino de salvación. La verdad, no supe qué decir ni qué pensar. Me pasé días leyendo y rezando. Y no pasaron muchos días hasta que desbloqueé mi pensamiento: esto no es lo que la Iglesia enseña como enseñanza propia, sino lo que la Iglesia enseña que los budistas enseñan. Es enseñanza budista recogida por la Iglesia como enseñanza budista, no enseñanza “asumida” por la Iglesia y enseñada como católica. Y esto ocurre en multitud de lugares.
Otro amigo me llamó la atención sobre la enseñanza conciliar acerca de la Santísima Virgen, en particular un texto del número 58 de la Lumen gentium: “También la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe», y continuaba diciéndome: “como si ella no hubiese sabido desde la Anunciación que Jesús era el Hijo de Dios, de la misma sustancia que el Padre, el Mesías profetizado”. Este es el modo de leer el Concilio que yo no comparto, es más, que me parece ilegítimo.
Vayamos por partes: ¿Qué significa peregrinación en la fe? Todos podemos entender que significa vivir esta vida con fe, virtud que desaparecerá en el Cielo. Dicho esto, podemos ahondar más en la palabra “avanzar”, esto es “crecer en la fe”. Es decir, que el texto quiere enseñar que la Virgen Santísima tenía fe y crecía en ella, como ocurre con los buenos católicos.
Primero: ¿La Virgen tenía fe? La Virgen Santísima tenía fe en grado sumo, como el resto de virtudes que concomitaban con su sumo grado de gracia habitual, la cual, a diferencia de Cristo, fue creciendo en ella de día en día, latido a latido. La fe como virtud desaparece bien por el pecado mortal, bien por la visión beatífica. Lo primero es impensable y herético en la Virgen. Lo segundo no ocurrió, al menos de modo habitual, hasta su Asunción.
Segundo: La fe puede entenderse en cuanto a la intensidad del acto, o bien en cuanto a la extensión de los conocimientos. Y de ambas maneras creció la Virgen en la fe según los mejores teólogos, entre los cuales no me cuento. Según la Inmaculada conocía más y más al Señor, descubría el cumplimiento de las profecías, escuchaba las palabras de su Hijo, y por otra parte los dones e iluminaciones del Espíritu Santo se derramaban inconmensurablemente en ella, así su fe crecía en intensidad y extensión.
Aquí podríamos seguir escribiendo y hacer un tratadillo sobre la fe de la Virgen María, pero este no es nuestro propósito ahora, sino hacer ver que en la lectura de los textos conciliares no hay que ser enrevesado ni buscar, permítaseme decirlo así, cinco patas al gato.
Para concluir, quisiera expresar mi convicción de que no hay que leer ni asumir el Concilio de modo minimalista, pasando por alto lo que no es tan fácil de asumir; ni menos rechazarlo como no católico, a saber, como pensando: “Es heterodoxo, pero al menos no es infalible, por lo cual puedo no asumirlo y seguir permaneciendo fiel a la Iglesia”. Esta no es mi postura ni la quiero para ningún católico, que viviría en una “esquizofrenia” católica difícilmente asimilable con una pacífica vida cristiana. Leamos el Concilio con corazón católico, con mente católica, con entendimiento católico. No sólo porque se puede, sino porque así es: un Concilio humano, lleno de limitaciones, pero universal y católico.
jueves, 24 de junio de 2010
Educación moral y matrimonio homosexual
Estos días se cumplen los cinco años de la aprobación del llamado "matrimonio homosexual" en España. Con este motivo han tenido lugar varios actos y otros que se llevarán a cabo. Soy totalmente contrario a la celebración del Día del Orgullo Gay. Una cosa es pedir respeto a la dignidad de los que tienen atracción al mismo sexo, y otra muy distinta el hecho de que con este "pretexto" se insulte a la Iglesia, se blasfeme contra Dios, se denigre el matrimonio, se desprestigie y ofenda miserablemente a las familias hombre-mujer y a quienes piensan que el matrimonio heterosexual es el único matrimonio verdadero y así quieran defenderlo y enseñárselo a sus hijos, y todo ello envuelto en un lujurioso procesionar de carrozas con hombres y mujeres disfrazados y/o "semi" desnudos. El hecho de que dicha celebración conlleve un indignante derroche de dinero y medios es lo menos importante.
De todos es sabido que el veneno comunista, tras eliminar todo atisbo de sobrenaturalidad en los individuos, familias y sociedades, quiso y quiere robar el derecho primordial de los padres a la educación de sus hijos según sus rectas convicciones. Pretendiendo suplantar a Dios, se cree con la potestad de determinar cómo han de ser las familias, incluido cómo ha de transcurrir su vida sexual (Me viene a la cabeza que son ellos mismos los que nos acusan a los sacerdotes de estar siempre metidos entre las sábanas de los matrimonios). El Estado asume la educación, pasa por encima de los padres usurpando y expropiándoles sus derechos fundamentales, y enseña la moral según corresponda a las ideas de quien ostenta el poder y se arrogue la autoridad. Educar cristianamente a los hijos es una labor martirial, sí, hasta el derramamiento de la sangre.
Por eso, queridos amigos que tenéis atracción al mismo sexo: os amo con toda mi alma, rezo todos los días por vosotros y os defenderé contra cualquiera que pretenda haceros daño. Mas si tuviera que elegir entre vosotros o Dios, -como ocurriría si tuviera que escoger entre Él y mis padres, mi familia, o mi vida-, no lo dudéis, Dios siempre sobre todo aunque me exprimieran la sangre. Y así le ruego ocurra también entre vosotros. Repito, os amo de veras, pero como amigos en el Señor. Si cediera al error, a la mentira o a la injusticia, no podría amaros y ningún bien os haría mi amistad. Rezad también por mí. Un fuerte abrazo.