He estado pensando muchas veces sobre este tema. Y no me refiero solamente a las ventajas “sobrenaturales”, que son infinitas, sino también y sobre todo a las “naturales”, aunque servidor, como buen católico, es tan amigo de la palabra “distinción” como enemigo –a una con la vera doctrina de la Iglesia– de la palabra “separación” en los ámbitos aplicables, claro está: gracia y naturaleza, Iglesia y Estado, cuerpo y alma, vida pública y privada, sacerdote y “hombre”, creer y obrar… Este tema merece mucho más abundamiento, así que voy al grano. Nos acusan a los católicos vivir inmersos en una marabunta de prohibiciones. Sin embargo, pienso en las prohibiciones y “manías” con que viven encadenados los perfidi judæi, moros, testigos de Jehová, mormones, cienciólogos y newageros, luteranos (el sensus católico me impele a vomitar al pensar en llamarles “evangélicos”, lo siento), ateos y agnósticos, brujos y brujas, etc… y siento la feliz y ancha libertad que da mi condición de católico. Buscando en otras páginas sobre este tema, sólo he encontrado tonterías o superficialidades. Esta entrada, si bien mica cum salis, pretende ser lo suficientemente seria para ayudar a pensar y a gozar con la maravillosa e inmerecida vocación a la que el Señor nos ha llamado: ser miembros de la Iglesia Católica, única verdadera, una, santa, católica, apostólica y perseguida, extra quam nulla salus.
Pido a mis sufridos lectores tengan a bien enmendar y/o ampliar esta lista con sus siempre bienvenidas aportaciones.
1. Los padres tienen derecho y obligación de engendrar a sus hijos en un acto manifestativo de su amor. Por tanto, no pecan al amarse, antes bien, se hacen santos si lo hacen santamente.
2. Concebir niños es un acto 100% bioecológico, o sea, nada artificial. Las semillas no pasan por ningún laboratorio.
3. No hace falta ser circuncidado. Así, bien enterito, se da mucha gloria a Dios.
4. Puedo celebrar los cumpleaños con fiestas, recibir regalos, y reverenciar y besar la bandera de España (o la correspondiente a mi nación) cuantas veces sea menester.
5. La Primera Comunión es un día inmensísimo en todos los sentidos. Y esto es así porque creemos en la Presencia real del Señor en las especies sacramentales.
6. El servicio militar es una cosa buena y santa. Matar en combate, si la cosa se tercia y es necesaria, deviene un acto de virtud.
7. El novio o novia sabe que siempre será el único para su respectivo. Una vez contraído santo matrimonio, en su lecho, mesa, y familia, las maravillosas palabras “marido”, “mujer”, “mamá” y “papá” siempre son y serán nombrados en singular.
8. Desde niño puedo comer bocatas de chorizo o jamón. Puedo ir con mis amigos y familia a hacer una parrillada de torreznos, panceta y salchichas. El único límite para comer cerdo y cuadrúpedos es el cuidado del nivel de colesterol, a lo cual colabora sabiamente la siempre deseable abstinencia de los viernes (y miércoles de ceniza).
9. Por si me equivoco en las cosas que he de creer u obrar, tengo un maravilloso libro llamado Catecismo, y si soy aficionado y algo espabilado, otro conocido como Denzinger. Ambos libros tienen una fuente: Dios, que ha delegado su poder y voz en la persona del Papa y los obispos a él unidos y sometidos. Así puedo caminar siempre en la verdad, como el punto de apoyo en el que puedo construir toda mi vida.
10. Cuando ofendo al Señor, el sacerdote me perdona en nombre de Dios. Esto lo hace gratis, y puedo ir cuantas veces haya menester, supuesto mi arrepentimiento y propósito de enmienda. Del mismo modo, puedo recibir a Jesús Sacramentado y no esperar a ir al Cielo para estar –verdadera, real y sustancialmente– muy cerca de Él.
11. Sé que tengo a los santos, y en especial a la Reina del Cielo y su Esposo, el Glorioso Patriarca José, para que pidan e intercedan ante el Señor por mí. Esto lo hacen incluso cuando yo estoy dormido. Está muy bien esto de tener amigos tan importantes…
12. Puedo tener fotos, imágenes, retratos… de las personas a las que amo, incluidas los santos, y besarlas, poner velas y flores… y saber firmemente que no estoy siendo en absoluto idólatra, porque no amo ni hablo a la materia con que están hechas dichas representaciones, sino a las personas por ellas representadas. Esto es un gran consuelo y desahogo. (Por eso siempre llevo conmigo la foto de mi santa madre en la cartera).
13. Los sacerdotes vamos vestidos como tales, y como tales somos reconocibles y reconocidos. No perdemos tiempo en pensar qué hemos de vestirnos. El traje clerical es una gran defensa contra el Enemigo, y también y muchas veces contra las multas de tráfico. También nos hace amigos cuasi-naturales de otros Cuerpos uniformados, como la Benemérita, los Nacionales o los Carteros.
14. Los maridos pueden dar la mano a las señoras y viceversa, y esto no significa que esté intentando robar el cariño debido a su cónyuge.
15. No ponderaremos aquí las ventajas del Santo Celibato, pero digamos que son casi infinitas.
16. Cuando uno se muere, las Misas y oraciones le sirven para entrar al cielo. Gracias a Dios, todo católico sabe que los minutos de silencio están para rezar. Además, uno muere fortalecido por la esperanza del cielo, y con el consuelo de que va a ser enterrado como un católico, no como un perro.
17. El católico nunca pierde el tiempo. Si no tiene nada que hacer, o por ejemplo está esperando una cola, siempre puede rezar el Santo Rosario. Si no ha con qué contar las Avemarías, Dios Creador previó este hecho y proveyó de diez dedos las manos humanas.
18. Todo niño concebido puede tener la seguridad de que, salvo los inescrutables planes del Creador, será dado a luz vivo y defendido de cualquier amenaza desde su concepción. Lo mismo dígase de los ancianos e incapacitados, cuyas vidas serán firme y fidelísimamente custodiadas hasta su muerte natural.
19. Los límites del vino y el tabaco son la salud y el bolsillo, nada más.
20. Siempre que no haya crueldad “gratuita”, el hombre puede servirse de los animales para su sustento, gozo y disfrute, incluida la noble y caballeresca batalla entre toro y diestro.
21. Uno puede donar la sangre que le sobra para poder salvar las vidas de los demás. En esto también se refleja la Pasión del Señor, cuya Sangre preciosísima fue el precio de nuestra salud.
22. Los domingos se puede encender la luz, ir en coche, hacer deporte, y en fin, todo lo que no suponga trabajo servil ni se oponga a la caridad, que está por encima de todo.
23. Besar la mano a un sacerdote no significa un acto de cortesía hacia una damisela, sino el ejercicio de la virtud de la religión ante la presencia de Jesucristo en el sacerdote u obispo.
24. Se puede compartir conversación y hasta mesa con un pecador y/o un enemigo de la fe sin colgarle del cuello o de otra parte corporal, exceptuando los casos en que el susodicho hable contra los dogmas de nuestra Santa Fe, en especial la Virginidad de la Madre de Dios, o contra la Santa Iglesia, en particular contra el Santo Padre, o desprecie a la madre de uno. En cualquiera de estos tres casos, la violencia está permitida y puede llegar ser obligatoria.
25. Se deben alabar las Cruzadas, habida cuenta de que la fe vale infinitamente más que la vida propia o ajena, y válido es morir o matar por defender los bienes espirituales o conexos con éstos, y la integridad de doctrina.
26. Según la feliz sentencia de Santo Tomás de Aquino, "en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos", (II-IIæ, q. 33, a. 4, ad 2).
27. Si un católico va a China, Irlanda, Turquía, Alaska, Islas Feroe, Hawai, Cerdeña, Lérida, La Coruña, Londres, etc... siempre, y con una gran pizca de suerte, puede asistir devotamente a la Santa Misa y demás ritos católicos en un lenguaje universal: el latín, cuyo conocimiento está prescrito por la Ley Canónica para todo clérigo. (Para más abundamiento, he aquí el canon prescrito en 1983, o sea, plenamente postconciliar, por si acaso: "249: Ha de proveerse en el Plan de formación sacerdotal a que los alumnos, no sólo sean instruidos cuidadosamente en su lengua propia, sino a que dominen la lengua latina, y adquieran también aquel conocimiento conveniente de otros idiomas que resulte necesario o útil para su formación o para el ministerio pastoral").
Si Dios nos ha dado una cabeza para entender y un corazón para amar, ¿por qué vivir decapitados y descorazonados? Piensa y cree con todas tus fuerzas, con toda tu mente, con todo tu ser.
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lunes, 3 de octubre de 2011
viernes, 26 de enero de 2007
PUNTO DE APOYO
Gracias a Dios ya han pasado los días de la euforia “Da Vinci”, y su versión cinematográfica va siendo reemplazada en cartelera por películas cargadas de mucha mayor verosimilitud como X-men, la decisión final o La niñera mágica. Hace años que, una y otra vez, publicaciones escritas y en pantalla dan golpes al aire buscando noquear a la Iglesia más por mareo que por golpe certero. La Iglesia española, en su última instrucción, ha puesto en guardia a los fieles sobre diversos puntos de nuestra fe y vida católicas sobre los que, desde dentro o desde fuera, se intenta hacer un tocado y hundido. Todos sabemos que la fe va “en lote”, o todo o nada, puesto que una y la misma es la Autoridad que nos la ha revelado y con la que la Iglesia enseña. Quien dice que los problemas de fe no influyen verdaderamente en la vida de los católicos, como si pudiéramos vivir en católico sin fe, o como si la vida ordinaria no tuviera una relación directa, como de causa-efecto entre el creer y el obrar, está, simplemente, en otra presunta fe, o mejor, presunta moral, pero no en la fe y vida cristiana. Yendo a las raíces de esta nefasta solución de continuidad, vemos varios frentes:
1) Desdivinización de Cristo. No se esconde a nadie el arrianismo cuasi-solapado por escritores que se quieren llamar católicos, y patente en quienes aborrecen este adjetivo. No me refiero ahora directamente a quienes dan por superada la explicación teológica de la fe desde siempre creída y tan claramente mostrada en el Concilio de Nicea (a. 325). Las sutilezas teológicas van, desgraciadamente, dirigidas a un público minoritario. Me refiero a hechos más comunes y fácilmente reconocibles. Valgan unos pocos ejemplos:
El intento de hacer olvidar la encarnación y nacimiento virginales de Cristo. Dentro de seis meses volveremos a caer en la cuenta de la proliferación de los Papanoeles en detrimento de los Reyes Magos, de los árboles y guirnaldas en proporción inversa a los belenes, y de los Felices fiestas en vez de los Feliz Navidad. Ciertamente, las raíces católicas de España aún dan frutos hermosos, pero a nadie se le escapa el intento deliberado de arrancarlas. Otros casos, aunque menos flagrantes, son los de querer sustituir a la Virgen por diosas madres, matronas de la fecundidad o similares. Dar hermanos de carne a Cristo con el fin de “humanizar” a la Virgen y al Señor, haciéndolos uno de tantos y atribuyendo a las primitivas comunidades cristianas el desarrollo de un “Cristo de la fe” a la medida de una Iglesia antijudaica y post-constantiniana. Y en la misma línea unir en matrimonio a Cristo y Santa María Magdalena.
Pudiéramos seguir, pero lo dicho basta para dejar totalmente la misión divina de Cristo, su encarnación sobrenatural, el fin primordial de su crucifixión, y por supuesto, su resurrección. Negada ésta última, no se puede sostener la fe en la Eucaristía, en los sacramentos, en el cielo ni en el infierno, en nada, vana es nuestra fe.
No nos es difícil encontrar el enlace directo con los ataques acientíficos a la sábana santa, y el deseo de quitar los crucifijos de las escuelas o suspender las procesiones de Semana Santa.
2) Desdivinización de la Iglesia. No quiero hacer publicidad aquí de los libros que últimamente descubren, ¡ignorantes de nosotros!, las tramas ocultas del Vaticano. Asesinatos, poderes arcanos, libros secretos, dinero, política, sexo... todo vale con tal de denigrar. Los católicos vemos con desconcierto qué fácil es ampararse en la libertad de expresión para calumniar rastrera y simplemente a esa multitud anónima llamada “Iglesia Católica”, en la que Cristo Dios y el temor al infierno son las excusas perfectas para mantener el sometimiento de los fieles.
Lutero es vindicado como el gran salvador de la Iglesia. Hace pocos días pude ver en ese programa tan científicamente apasionante, (tanto como la novela de nuestro amigo Dan), llamado Cuarto Milenio cómo un sacerdote pedía mil Luteros para renovar la vida cristiana. ¡Con lo fácil que le habría sido pedir mil santos, como los coetáneos del ex-agustino Martín!
Si la Iglesia es una sociedad más, sin ninguna relación a lo divino, queda al nivel de las asociaciones de vecinos, muy numerosa y poderosa, pero nada más.
Llegados a este punto permítaseme hacer un apunte que viene al caso. Leo demasiadas veces que la Iglesia enseña como un logro, un progreso, la separación Iglesia-Estado. Y sin embargo, no he encontrado ningún texto del magisterio oficial en el que se enseñe como buena tal cosa, sino más bien la distinción y legítima autonomía (legítima según la ley de Dios, claro está). Les invito a no leer los titulares y comentarios, sino los textos magisteriales tal cual, y si son en latín, tanto mejor, porque podrán encontrarse con gratas sorpresas. Y el que la Iglesia sea distinta del Estado, es tan evidente como que son distintas la Divinidad y la humanidad de Cristo, la fe y la razón, la gracia y la naturaleza, pero nunca separadas, sino que permaneciendo en su ser y obrando según su naturaleza, las segundas están sometidas a las primeras, y en su caso, iluminadas, fortalecidas, pero nunca contrapuestas o contrarias. Y este es el principio de la Doctrina Social de la Iglesia, nacida de la potestad vicaria de Cristo Creador y Rey del mundo y las sociedades.
3) Interpretación “infiel” de la Escritura. O sea, querer interpretar la Biblia sin fe. De un tiempo a esta parte abundan los filólogos, historiadores, antropólogos, científicos... que resultan ser agudos hermeneutas bíblicos. Resulta, según ellos, que todos los cristianos hemos leído mal la Escritura, que no hemos entendido a los Evangelistas y hagiógrafos, que ni siquiera estos Evangelistas y hagiógrafos entendían lo que escribían, y que solamente quien ha estudiado hebreo, arameo, latín, griego, e Historia del judaísmo y cristianismo primitivos podrán acercarse someramente a los textos bíblicos. Fácil es extraer las conclusiones:
a) Los Evangelistas no escribieron historia, sino historieta.
b) Los cristianos primitivos no tuvieron más remedio que inventarse más historietas para hacerse creer y valer, situación que tuvo un culmen con el Edicto de Milán. De todo lo espúreo de la Escritura la Iglesia nunca ha sabido deshacerse, pese al intento glorioso de Lutero y, más cercano a nosotros, de los ilustrados y modernistas.
c) Siendo esto así, la fe de la Iglesia se sustenta en cuentos como los hechos milagrosos sucedidos en torno a la infancia de Cristo, los mismos milagros de Cristo, y por supuesto la Resurrección.
d) El lenguaje helénico adornó de tal manera la simplicidad de los hechos que las definiciones dogmáticas nada tienen que ver con la fe apostólica.
e) La misma Tradición Apostólica es un modo de sostener lo insostenible, ya que es un modo de hacer creer aquello que ni siquiera se encuentra en la Escritura.
f) La Iglesia Jerárquica es un invento para mantener en el poder la perfecta estructura dominadora y capitalista del catolicismo.
g) Hasta tal punto llega el afán de someter a los fieles, que la Iglesia oculta y censura brutalmente a quienes quieren hacer resplandecer la verdad. De este modo, los evangelios apócrifos son condenados, escondidos, desterrados para que la verdad permanezca oculta. Dicho de paso, tengo en mis manos la primera edición que la BAC publicó en 1956 de Los evangelios apócrifos de Aurelio de Santos Otero, por cierto en bilingüe. Si miran la bibliografía, verán que mucho antes había ediciones de libros apócrifos en lengua vernácula, sin incluir las incontables citas y comentarios de los Santos Padres y el Magisterio a lo largo de todos los siglos. Resulta que no creer en el error es cerrarse a la verdad. ¿Dónde queda el principio de no contradicción? No en sus sabias cabezas.
Pudiéramos seguir y extraer del Magisterio las condenas correspondientes a otras tantas aseveraciones. Inútil intentarlo, pues negada la potestad magisterial de los Pastores, ni tradición ni magisterio tienen nada que enseñar. Me viene a la cabeza un el libro de texto con el que un amigo sacerdote estudió la asignatura de Patrística en el Seminario: su autor era protestante. Y digo Patrística porque me acuerdo del libro, pero todos tenemos en la memoria los nombres de autores de libros del Tratado de Gracia o de Sagrada Escritura que profesan la misma confesión, y además son tenidos como principal apoyo en las respectivas clases de Teología. Piensen por un momento en qué teología sobre la Virgen María, la Gracia, las virtudes, Cristo Salvador... puede tener un protestante. Pues bien, su Biblia es la misma, idéntica que la de los Católicos, con una diferencia: la fe católica tal cual ha sido transmitida por la Tradición y es enseñada por Magisterio de la Iglesia. Los protestantes y los sabios mediáticos de los que hablamos tienen un punto en común, punto por cierto capital: no creen con la fe de la Iglesia. Si bien es verdad que el Protestantismo tiene un cierto apoyo en la Tradición, ésta es, como la Escritura, susceptible de libre interpretación. Y claro está, los protestantes tienen algo a su favor que hace posible el diálogo con los católicos y es su quicio: el amor sincero al Señor y a la Santa Biblia, amores éstos normalmente ausentes en los teólogos y teólogas de la televisión. Me da mucho pesar el hecho de que presenten como maestros de la verdad a quienes no entienden el lenguaje ni el hecho religioso, ni creen en Dios personal, ni viven la fe de la Iglesia. Acuden a los apócrifos como norma de fe (¿tendrán como libro de cabecera el pseudo Evangelio de Judas?), y desisten de oír la interpretación ininterrumpida y siempre coherente de la Iglesia. Tiemblo cada vez que se presenta un debate sobre un tema religioso, y entrevistan a dichos personajes cuyo referente religioso no pasa, en el mejor de los casos, de una visión aristotélica de Dios. Y tiemblo más aún cuando, arrinconando a un teólogo de verdad, dan la voz a “teólogos” y “teólogas” sin fe y sin comunión con la Jerarquía. ¿No se darán cuenta del mal que hacen? Me cuesta mucho creer que su disenso dialogado es debido a su ignorancia y que lo hacen con buena fe, y por supuesto, me niego a creer que su ignorancia sea invencible.
4. Desdivinizar a los católicos. Cristo, la Iglesia como institución, y la Escritura son enemigos que no se quejan y cuyos ataques directos tienen repercusiones en quienes nos sustentamos en ellos: los católicos. Nosotros sí somos personas con sentimientos, con cabeza y corazón. Toca pues, enfrentarse a nosotros. Desde San Pablo ya somos necios por Cristo. Vamos contra el hombre porque hacemos penitencia y vivimos la castidad, vamos contra la sociedad porque hacemos oración y nos oponemos a las llamadas libertades. Es cuestión de años, quizá meses, en que seamos declarados anti-constitucionales por defender la familia y la vida.
¿Nos apoyamos en Cristo para solucionar la vida presente? Se nos ofrece la armoniosa ayuda del yoga y el zen (cambie su Rosario por la recitación de mantras), y el siempre disponible consejo de los adivinos y brujas. ¿Esperamos la vida futura? Reencárnese usted, o bien esparza sus cenizas para hacerse uno con el mar o las montañas. El caso, como hemos dicho anteriormente, es hacer que olvidemos a Cristo.
Si los cristianos perdemos a Cristo, lo expulsamos de la familia, los colegios, la sociedad, la vida... No nos queda nada. Recuerdo que mi profesor de Catequética nos decía que la Teología de la Liberación es como querer hacer el Reino de Cristo sin Cristo. Vivir sin Dios, sin apoyo, sin perspectiva, sin sentido... y luchar por nada. Mil ONUs no conseguirán desterrar de nuestro corazón la herida del pecado original y sus consecuencias.
Un punto de apoyo y moveré el mundo. Y nuestro punto de apoyo es la verdad. Una Verdad que mueve nuestras vidas hasta en el más ínfimo detalle: Cristo vivo.
1) Desdivinización de Cristo. No se esconde a nadie el arrianismo cuasi-solapado por escritores que se quieren llamar católicos, y patente en quienes aborrecen este adjetivo. No me refiero ahora directamente a quienes dan por superada la explicación teológica de la fe desde siempre creída y tan claramente mostrada en el Concilio de Nicea (a. 325). Las sutilezas teológicas van, desgraciadamente, dirigidas a un público minoritario. Me refiero a hechos más comunes y fácilmente reconocibles. Valgan unos pocos ejemplos:
El intento de hacer olvidar la encarnación y nacimiento virginales de Cristo. Dentro de seis meses volveremos a caer en la cuenta de la proliferación de los Papanoeles en detrimento de los Reyes Magos, de los árboles y guirnaldas en proporción inversa a los belenes, y de los Felices fiestas en vez de los Feliz Navidad. Ciertamente, las raíces católicas de España aún dan frutos hermosos, pero a nadie se le escapa el intento deliberado de arrancarlas. Otros casos, aunque menos flagrantes, son los de querer sustituir a la Virgen por diosas madres, matronas de la fecundidad o similares. Dar hermanos de carne a Cristo con el fin de “humanizar” a la Virgen y al Señor, haciéndolos uno de tantos y atribuyendo a las primitivas comunidades cristianas el desarrollo de un “Cristo de la fe” a la medida de una Iglesia antijudaica y post-constantiniana. Y en la misma línea unir en matrimonio a Cristo y Santa María Magdalena.
Pudiéramos seguir, pero lo dicho basta para dejar totalmente la misión divina de Cristo, su encarnación sobrenatural, el fin primordial de su crucifixión, y por supuesto, su resurrección. Negada ésta última, no se puede sostener la fe en la Eucaristía, en los sacramentos, en el cielo ni en el infierno, en nada, vana es nuestra fe.
No nos es difícil encontrar el enlace directo con los ataques acientíficos a la sábana santa, y el deseo de quitar los crucifijos de las escuelas o suspender las procesiones de Semana Santa.
2) Desdivinización de la Iglesia. No quiero hacer publicidad aquí de los libros que últimamente descubren, ¡ignorantes de nosotros!, las tramas ocultas del Vaticano. Asesinatos, poderes arcanos, libros secretos, dinero, política, sexo... todo vale con tal de denigrar. Los católicos vemos con desconcierto qué fácil es ampararse en la libertad de expresión para calumniar rastrera y simplemente a esa multitud anónima llamada “Iglesia Católica”, en la que Cristo Dios y el temor al infierno son las excusas perfectas para mantener el sometimiento de los fieles.
Lutero es vindicado como el gran salvador de la Iglesia. Hace pocos días pude ver en ese programa tan científicamente apasionante, (tanto como la novela de nuestro amigo Dan), llamado Cuarto Milenio cómo un sacerdote pedía mil Luteros para renovar la vida cristiana. ¡Con lo fácil que le habría sido pedir mil santos, como los coetáneos del ex-agustino Martín!
Si la Iglesia es una sociedad más, sin ninguna relación a lo divino, queda al nivel de las asociaciones de vecinos, muy numerosa y poderosa, pero nada más.
Llegados a este punto permítaseme hacer un apunte que viene al caso. Leo demasiadas veces que la Iglesia enseña como un logro, un progreso, la separación Iglesia-Estado. Y sin embargo, no he encontrado ningún texto del magisterio oficial en el que se enseñe como buena tal cosa, sino más bien la distinción y legítima autonomía (legítima según la ley de Dios, claro está). Les invito a no leer los titulares y comentarios, sino los textos magisteriales tal cual, y si son en latín, tanto mejor, porque podrán encontrarse con gratas sorpresas. Y el que la Iglesia sea distinta del Estado, es tan evidente como que son distintas la Divinidad y la humanidad de Cristo, la fe y la razón, la gracia y la naturaleza, pero nunca separadas, sino que permaneciendo en su ser y obrando según su naturaleza, las segundas están sometidas a las primeras, y en su caso, iluminadas, fortalecidas, pero nunca contrapuestas o contrarias. Y este es el principio de la Doctrina Social de la Iglesia, nacida de la potestad vicaria de Cristo Creador y Rey del mundo y las sociedades.
3) Interpretación “infiel” de la Escritura. O sea, querer interpretar la Biblia sin fe. De un tiempo a esta parte abundan los filólogos, historiadores, antropólogos, científicos... que resultan ser agudos hermeneutas bíblicos. Resulta, según ellos, que todos los cristianos hemos leído mal la Escritura, que no hemos entendido a los Evangelistas y hagiógrafos, que ni siquiera estos Evangelistas y hagiógrafos entendían lo que escribían, y que solamente quien ha estudiado hebreo, arameo, latín, griego, e Historia del judaísmo y cristianismo primitivos podrán acercarse someramente a los textos bíblicos. Fácil es extraer las conclusiones:
a) Los Evangelistas no escribieron historia, sino historieta.
b) Los cristianos primitivos no tuvieron más remedio que inventarse más historietas para hacerse creer y valer, situación que tuvo un culmen con el Edicto de Milán. De todo lo espúreo de la Escritura la Iglesia nunca ha sabido deshacerse, pese al intento glorioso de Lutero y, más cercano a nosotros, de los ilustrados y modernistas.
c) Siendo esto así, la fe de la Iglesia se sustenta en cuentos como los hechos milagrosos sucedidos en torno a la infancia de Cristo, los mismos milagros de Cristo, y por supuesto la Resurrección.
d) El lenguaje helénico adornó de tal manera la simplicidad de los hechos que las definiciones dogmáticas nada tienen que ver con la fe apostólica.
e) La misma Tradición Apostólica es un modo de sostener lo insostenible, ya que es un modo de hacer creer aquello que ni siquiera se encuentra en la Escritura.
f) La Iglesia Jerárquica es un invento para mantener en el poder la perfecta estructura dominadora y capitalista del catolicismo.
g) Hasta tal punto llega el afán de someter a los fieles, que la Iglesia oculta y censura brutalmente a quienes quieren hacer resplandecer la verdad. De este modo, los evangelios apócrifos son condenados, escondidos, desterrados para que la verdad permanezca oculta. Dicho de paso, tengo en mis manos la primera edición que la BAC publicó en 1956 de Los evangelios apócrifos de Aurelio de Santos Otero, por cierto en bilingüe. Si miran la bibliografía, verán que mucho antes había ediciones de libros apócrifos en lengua vernácula, sin incluir las incontables citas y comentarios de los Santos Padres y el Magisterio a lo largo de todos los siglos. Resulta que no creer en el error es cerrarse a la verdad. ¿Dónde queda el principio de no contradicción? No en sus sabias cabezas.
Pudiéramos seguir y extraer del Magisterio las condenas correspondientes a otras tantas aseveraciones. Inútil intentarlo, pues negada la potestad magisterial de los Pastores, ni tradición ni magisterio tienen nada que enseñar. Me viene a la cabeza un el libro de texto con el que un amigo sacerdote estudió la asignatura de Patrística en el Seminario: su autor era protestante. Y digo Patrística porque me acuerdo del libro, pero todos tenemos en la memoria los nombres de autores de libros del Tratado de Gracia o de Sagrada Escritura que profesan la misma confesión, y además son tenidos como principal apoyo en las respectivas clases de Teología. Piensen por un momento en qué teología sobre la Virgen María, la Gracia, las virtudes, Cristo Salvador... puede tener un protestante. Pues bien, su Biblia es la misma, idéntica que la de los Católicos, con una diferencia: la fe católica tal cual ha sido transmitida por la Tradición y es enseñada por Magisterio de la Iglesia. Los protestantes y los sabios mediáticos de los que hablamos tienen un punto en común, punto por cierto capital: no creen con la fe de la Iglesia. Si bien es verdad que el Protestantismo tiene un cierto apoyo en la Tradición, ésta es, como la Escritura, susceptible de libre interpretación. Y claro está, los protestantes tienen algo a su favor que hace posible el diálogo con los católicos y es su quicio: el amor sincero al Señor y a la Santa Biblia, amores éstos normalmente ausentes en los teólogos y teólogas de la televisión. Me da mucho pesar el hecho de que presenten como maestros de la verdad a quienes no entienden el lenguaje ni el hecho religioso, ni creen en Dios personal, ni viven la fe de la Iglesia. Acuden a los apócrifos como norma de fe (¿tendrán como libro de cabecera el pseudo Evangelio de Judas?), y desisten de oír la interpretación ininterrumpida y siempre coherente de la Iglesia. Tiemblo cada vez que se presenta un debate sobre un tema religioso, y entrevistan a dichos personajes cuyo referente religioso no pasa, en el mejor de los casos, de una visión aristotélica de Dios. Y tiemblo más aún cuando, arrinconando a un teólogo de verdad, dan la voz a “teólogos” y “teólogas” sin fe y sin comunión con la Jerarquía. ¿No se darán cuenta del mal que hacen? Me cuesta mucho creer que su disenso dialogado es debido a su ignorancia y que lo hacen con buena fe, y por supuesto, me niego a creer que su ignorancia sea invencible.
4. Desdivinizar a los católicos. Cristo, la Iglesia como institución, y la Escritura son enemigos que no se quejan y cuyos ataques directos tienen repercusiones en quienes nos sustentamos en ellos: los católicos. Nosotros sí somos personas con sentimientos, con cabeza y corazón. Toca pues, enfrentarse a nosotros. Desde San Pablo ya somos necios por Cristo. Vamos contra el hombre porque hacemos penitencia y vivimos la castidad, vamos contra la sociedad porque hacemos oración y nos oponemos a las llamadas libertades. Es cuestión de años, quizá meses, en que seamos declarados anti-constitucionales por defender la familia y la vida.
¿Nos apoyamos en Cristo para solucionar la vida presente? Se nos ofrece la armoniosa ayuda del yoga y el zen (cambie su Rosario por la recitación de mantras), y el siempre disponible consejo de los adivinos y brujas. ¿Esperamos la vida futura? Reencárnese usted, o bien esparza sus cenizas para hacerse uno con el mar o las montañas. El caso, como hemos dicho anteriormente, es hacer que olvidemos a Cristo.
Si los cristianos perdemos a Cristo, lo expulsamos de la familia, los colegios, la sociedad, la vida... No nos queda nada. Recuerdo que mi profesor de Catequética nos decía que la Teología de la Liberación es como querer hacer el Reino de Cristo sin Cristo. Vivir sin Dios, sin apoyo, sin perspectiva, sin sentido... y luchar por nada. Mil ONUs no conseguirán desterrar de nuestro corazón la herida del pecado original y sus consecuencias.
Un punto de apoyo y moveré el mundo. Y nuestro punto de apoyo es la verdad. Una Verdad que mueve nuestras vidas hasta en el más ínfimo detalle: Cristo vivo.
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